20.3.13

¡Dame más!

No fallan. Repiten siempre el milagro, como si fuese lo más normal. Hacen el nido, empollan, ven nacer a los pichones y empiezan la rutina obsesiva y tierna de alimentarlos a toda hora.



Desde el nido, todo se ve mejor. Papá y mamá se turnan para mantener a raya a los predadores. Y todo lo que tengo que hacer es gritar muy fuerte cuando los siento volar cerca y abrir muy grande el pico. Lo demás, viene solo.



La buena vida dura poco, hasta que el pichón crece tanto que el nido le queda chico. Entonces, dos clases rápidas de vuelo y adiós. Todo queda quieto, silencioso y vacío, a la espera de un nuevo milagro.

Fotos: Alberto Amato








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