
Por Guillermina Tshopp
Redactora de prensa
Entrar a Mar de las Pampas es empezar a recorrer las páginas de un cuento. Al atravesar el cartel de bienvenida los ojos se van despertando del insistente camino, se bajan los vidrios y, al igual que los perros, con media cabeza afuera, dejamos entrar la humedad de los pinos y ese inconfundible sabor a sal que lentamente se arrastra en el bosque.
Las calles, verdemente sombreadas, siempre parecen conducir a un rincón secreto en donde es posible y hasta aconsejable perderse, un laberinto de troncos que guardan la tranquilidad de las casas de madera y piedra.
La primera parada, llenar los zapatos de arena y así, con los pies embolsados, caminar, casi sin bajar la cabeza, a través del largo marco de arena que nos separa del mar.
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| Guillermina con su perra Roma, enamoradas del mar y del bosque |
El bosque esconde la noche y llama al sueño. El viento se escurre entre las ramas y repite ese lejano rumor del mar. No es necesario escuchar otra cosa.
El libro termina durmiendo en la panza como un luchador agotado.
Tal vez en otro momento reciba más atención, cuando deje de recorrer las calmas páginas de este otro libro de bosque y mar.

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