Periodista y conductora de televisión
Y por qué no elegirla? Si me había atrapado ya en una visita corta, de esas que se hacen desde una villa cercana, Villa Gesell, o Mar Azul, un día que pintaba chúcaro para la playa. Esas salidas que se deciden para no “perder el día”, salvatajes de último momento, cambio de paisaje, aunque sean solo cinco kilómetros, y si afloja la lluvia, hasta nos podemos dar el gusto de un paseo por la Aldea hippie o un café con algo dulce en el centro, esas pocas cuadras que parecen dibujadas para un cuento infantil.
¿Cómo no elegirla entonces, para mis primeras vacaciones sola con mis hijos adolescentes? La solución perfecta en una cabaña a un médano del mar, lo suficientemente cerca como para disfrutar con los jóvenes de una caminata temprana y un baño placentero en un agua inusualmente cálida para febrero, y lo suficientemente lejos para cumplir con un ritual de siesta inmaculada, apacible, solo acunada por el sonido de las olas rompiendo en la orilla. Que se potenciaba a la noche, y se mezclaba con el crepitar de los primeros carbones que chisporroteaban en un fuego encendido con mucha voluntad y que me auguraba un destino de asadora exitosa.
Inolvidables las charlas con mate en la playa a las ocho de la noche cuando no había “una gota de viento” y mi hijo enamorado me confiaba sus sueños. Inolvidable también ese champán con los pies descalzos en la arena fría, en medio de un cielo iluminado por fuegos artificiales en aquel Año Nuevo en que yo no tenía nada para festejar, cuando mi mejor amiga me dio refugio.
| Foto: Silvia Martinez Cassina |
Y fue el lugar deseado, un invierno lleno de sol, en el que una caminata romántica me devolvió las ganas de enamorarme, mientras llenaba mis bolsillos de caracoles y piedras de todas las formas y colores. Y ese fin de semana me convertí en gourmet, y aprendí a disfrutar de un aroma y gusto nuevo y delicioso, y también me fasciné con los sabores de los platos más exquisitos de la cocina de Mar de las Pampas.
Y hablamos. De nuestras vidas y de las acacias y siempreverdes. Y recordamos anécdotas y momentos entrañables. Juntamos piñas y olimos lavandas y pinos.Y pensamos en el futuro pero nunca pisamos el asfalto. Recorrimos talleres de artesanos y pintamos el mundo en el que queremos vivir. Escuchamos a los pájaros a la mañana y a la tarde y acariciamos a Tito, Negrita, Lola y todos los perros que nos miraban a los ojos, porque no nos podíamos negar. Ah! Y la siesta, qué placer, mientras mi amiga hermana empezaba a leer un nuevo libro. La siesta. En Mar de las Pampas. Que es un sueño.

HERMOSISIMO relato Sil !!. Sos una gran periodista. Saludos
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