El humano, abogado y sobrino de Domingo Faustino Sarmiento, fue Ignacio Lucas Albarracín que, en 1880, lanzó una serie de campañas para terminar con las corridas de toros, con la crueldad en la matanza de los animales para faenar y con un deporte bárbaro, hueco y petulante que todavía tiene adeptos: el tiro a la paloma. También logró que las tradicionales riñas de gallos dejaran de ser legales. Fue, cómo no, un adelantado.
Años antes, en 1869,
Albarracín, que tenía el empuje tozudo de su tío, había creado
Junto a Sara Bibiana
Carranza Davison, Albarracín tuvo nueve hijos, pero su amor por los animales lo
llevó a sacrificar parte de su bienestar, de su fortuna y de su tiempo. Muchos
no lo entendieron y por estas actitudes fue, muchas veces, objeto de burla,
sarcasmo y de duras caricaturas en las publicaciones que satirizaban a los
políticos poderosos de la época. Pero él siguió adelante y en 1907 gestionó con
el doctor Ponciano Vivanco, presidente del consejo Nacional de Educación, la
celebración de la Fiesta
del Animal. Albarracín se había inspirado en el Animal Sunday (Domingo del
Animal) la festividad que los pastores de las iglesias británicas celebraban en
Londres, y en las que se daban sermones destinados a inculcar el respeto por
los animales.
Finalmente se aprobó
el “Día del Animal” en la
Argentina y Albarracín, hombre incansable en su lucha, fue
por más. Se reunió con el director del Zoo, Clemente Onelli para ultimar los
detalles del festejo. Ambos decidieron que se realizarían el 29 de abril del
año siguiente, 1908.
Pero la fiesta de
aquel día tan esperado debió suspenderse por lluvia y sólo por esa vez se
realizó el 2 de mayo. El zoológico fue el lugar elegido para la celebración de
la que participaron el presidente de la Nación , José Figueroa Alcorta y quince mil
escolares; hubo una suelta de palomas mensajeras y una banda ejecutó el himno a
Sarmiento. Albarracín estaba en su gloria.
El 29 de abril de 1926,
dieciocho años después de aquel primer festejo, murió en su casa de un paro
cardíaco. Volvía de asistir a la fiesta por la que tanto había luchado. Cuentan
que los últimos años de su vida compartía la mayor parte de su tiempo con
perros, caballos y pájaros.
POR MARÍA ANGÉLICA PÉREZ / PARA CLARÍN BUENA VIDA
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