Nada de eso merece ser mostrado", le dice Georges
(Jean-Louis Trintignant) a su hija Eva (Isabelle Huppert), después de haberle
detallado, haciendo hincapié en las escenas más ingratas y penosas, la dura
rutina cotidiana que se vive en el elegante piso familiar desde que Anne
(Emmanuelle Riva), esposa de uno y madre de la otra, sufrió dos serios
accidentes vasculares y dio comienzo al proceso de deterioro que le paralizó
medio cuerpo y le ha ido alterando otras funciones corporales y cerebrales
hasta impedirle todo movimiento (aun en silla de ruedas) y reducirle la
expresión a unos pocos quejidos incomprensibles o gemidos desgarradores. ¿Hace
falta mostrar el doloroso espectáculo de ver agonizar a un ser querido y de
certificar que nada puede hacerse para acudir en su ayuda? La misma pregunta
puede hacérsela el espectador, y ya que Michael Haneke la explicita en el
difícil diálogo entre padre e hija, cabe entender que también él se la ha
formulado a sí mismo. Cada uno podrá responderla según su propia sensibilidad,
su experiencia de vida (no serán pocos los espectadores que habrán vivido
situaciones como ésa) y también según la etapa de la vida en que se encuentre.
Haneke tiene el coraje suficiente para afrontarla, para asomarse a los abismos
extremos a los que el ser humano no sólo está expuesto sino al único del que
tiene certeza desde que nace. Y de hacerlo con esa implacable, rigurosa
meticulosidad que ha aplicado otras veces para denunciar a un sistema social
hipócrita. Pero sobre todo para hablar aquí del amor cuando es sometido a las
más duras pruebas. O quizá más todavía: para preguntarse si no es en esas
circunstancias -las más dolorosas- donde es posible percibir con mayor claridad
la verdadera esencia del amor.
Anne y George (ambos han superado los ochenta) pasaron
juntos décadas de armónica convivencia, se aman, han compartido -lo siguen
haciendo- la felicidad de disfrutar juntos del arte que se dedican a enseñar
(son profesores de música ya retirados) y saben deleitarse lo mismo con la
pintura, la literatura, con la belleza en general, no importa dónde ella se
manifieste. No le hacen falta a Haneke palabras para definir a sus personajes
ni para saber de sus aficiones, de sus gustos y de su historia: los muebles, el
piano, los sillones, los cortinados, los libros, los objetos del piso que
habitan -y habitan también los espectadores, porque rara vez ha terminado
siendo tan familiar un escenario como éste en el que transcurre prácticamente
toda la película- lo dicen todo de ellos. Haneke es un maestro de la puesta en
escena, y lo es en tal medida que la paloma que un par de veces se cuela por
unas ventana resulta una presencia intrusa tan inoportuna y chocante como los
elementos que hablan de enfermedad y medicina.
Un film que habla de la vida cuando se va, de la
muerte cuando llega, del amor que perdura hasta el final no puede sino ser
triste, crudo y perturbador, aunque Haneke lo aborda con un pudor que no
disimula los momentos más desgarradores, pero tampoco admite las lágrimas ni
las apelaciones emotivas. La escena que podría considerarse más cruel es
también probablemente el mayor acto de amor que el compasivo y sacrificado
marido ofrece a la que es, hasta el último momento, la mujer de su vida.
Indispensables. No hay otra palabra para calificar a
Riva y Trintignant. No habría Amour sin ellos, que quedarán grabados en la
memoria tanto como Huppert en el más breve pero fundamental papel de la hija. Y
como todo en este film, que, nos guste o no, deja sedimento y perdura en el
espectador mucho más allá del fin de la proyección.
Fernando López | LA NACION
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