Después de Principito es el libro más leído en el mundo, traducido a 180 lenguas y
dialectos. Fue el último texto publicado en vida por su autor, un aviador francés, de 43 años, de nombre Antoine de Saint-Exupéry, al que llamaban Saint-Ex. Ya había escrito otras cosas como Tierra de hombres –que suele considerarse su mejor novela y a la que el escritor argentino Fabián Casas considera de imprescindible lectura– o Vuelo Nocturno. Entre 1929 y 1930 estuvo por Argentina, para hacerse cargo de
No obstante, por
ninguno de todos sus libros fue reconocido como por aquel que narra las
aventuras de un pequeño príncipe de cabello enrulado y largo abrigo (las
ilustraciones son del mismo Saint-Ex), dueño de tres volcanes y una rosa en su
planeta y problematizado por el crecimiento enredado de los baobabs. En el
desierto solitario, el Principito se encuentra con el narrador, un aviador con
su máquina descompuesta. Le habla de un Zorro, metáfora del amigo ideal, que
todos los lectores guardaremos para siempre. Un día, el Principito decide
regresar a su planeta y para eso se hace morder por una serpiente. Vuelve a su
planeta en espíritu, porque su cuerpo queda en brazos del aviador. Sin duda, un
libro metafórico sobre la importancia de la libertad y el amor al prójimo,
teñido de una melancolía tal que le arranca lágrimas al más pintado. Michéle
Petit, una de las teóricas de la lectura más importantes hoy día, comenta en su
libro Una
infancia en el país de los libros que
al leerEl Principito a los ocho años concluyó entristecida
que el arte y la literatura “no servían más que para revelarnos lo infortunado
de nuestra condición”.
No todos los lectores
–sobre todo los niños– reciben a El Principito con palmas de alegría, pero
ninguno permanecerá indiferente a su lectura. El texto dejará una huella
imperecedera. Todos conocemos el cuento de Caperucita Roja, haya llegado a nosotros a través
de la fuente que nos haya llegado (oral, película, adaptaciones del original) y
quizás nunca nos interese conocer la versión original de la nena con la capota
roja devorada por el lobo feroz. Esta indiferencia es imposible con El
Principito: él es la versión original. Más allá de los productos fílmicos y
teatrales que hubo sobre el personaje, el pequeño príncipe tuvo émulos en el
estilo de escritura, haciendo pie en la metáfora, como Juan Salvador Gaviota, o
en argumentos sobre niños de las estrellas con una sabiduría especial como Ami,
de Enrique Barrios o, más recientemente, Oups de Kurt Hörtenhuber. De más está
decir que en calidad y profundidad no le llegan al Principito a los talones: la
frescura de Saint-Ex provenía posiblemente de sus reflexiones durante los
largos vuelos. Los otros, son la idiotez del mercado.
El 31 de julio de
1944, durante una misión de reconocimiento en el sur de Francia, Saint-Exupéry
iba a bordo del avión Lightning P-38. Había partido pocas horas antes de la
isla de Córcega, cuando los radares dejaron de ver el avión que pilotaba y
nunca más se supo de él. La desaparición cubrió al escritor y piloto de un halo
de misterio: de alguna manera se fue de este mundo como se fue su pequeño
príncipe. No obstante, en 1998, un pescador halló en las aguas de Marsella una
pulsera que pudo haber sido de Saint-Ex. Diez años después, un ex piloto alemán
llamado Horst Rippert confesó al diario francés La Provence que había sido
él quien derribara el avión de Saint-Exupéry. El ex militar de 88 años declaró:
“Pueden dejar de buscar. Fui yo quien abatió a Saint-Exupéry”, y agregó: “Fue
después cuando supe que se trataba del escritor. Yo esperaba que no fuera él,
porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y los adorábamos.”
Ya sea que Rippert de verdad acabó con el escritor o que es la declaración de
un anciano gagá, lo real es que a Saint-Ex ni siquiera sus enemigos dejaban de
leerlo. Saint-Ex escribió: “No era más que un zorro semejante a cien mil otros.
Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo”: tal vez éste es el
misterio que se opera en nosotros: uno se vuelve amigo del Principito. Y sucede
después que a los libros, a veces, se los olvida, pero los amigos nunca jamás
entrarán en el corredor del olvido. Larga vida al Principito.
Por Patricia Suárez, especial para el diario Clarin
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