Por Esther Cross, para Radar libros
Para contar la vida de Virginia Woolf, Irene
Chikiar Bauer no se propone describir “una hipotética verdadera Virginia
Woolf”. Así define el libro desde el principio, con una apuesta proporcional a
su objetivo. Buscar una hipotética Virginia Woolf verdadera sería perderse lo
mejor, sacrificar el registro de una vida por un relato cerrado, que es el
error calmante y cómodo de muchas biografías. Una versión acabada implica un
lector inactivo del otro lado de la página y esa pasividad sería una
contradicción al tratarse de Virginia Woolf. Pero, ¿cómo hablar de la escritora
que quería expresar, en palabras de Chikiar Bauer, “lo múltiple de la realidad,
lo que tiene de inexplicable, de subjetiva y misteriosa”?
Chikiar Bauer elige
dar cuenta “del transcurso de la vida” de la escritora, desde el contexto
familiar hasta la aparición de su cuerpo en las orillas del río Ouse, y sigue
un poco más allá, con las primeras marcas de su ausencia y el eco de su voz en
quienes la rodeaban.
En el trayecto,
Virginia Woolf, la vida por escrito busca lo que la misma Woolf buscaba en su
novela Los años: contar el tiempo en continuado; tender la línea entre pasado,
presente y futuro como se siente en la vida; captar su desarrollo íntimo y su
dialéctica con el mundo exterior. Virginia Woolf creía que el pasado regresa si
“el presente se desliza suavemente, como la superficie de un río” porque
“entonces, a través de la superficie, se ven las profundidades”. En el libro de
Bauer, la narración deja ver a la escritora. El deslizamiento sigue el curso de
los años; cada capítulo corresponde a uno, como en los diarios que llevaba
Virginia Woolf.
La biografía tiene
dos partes, que se bifurcan en un momento clave: la mudanza de Virginia del
barrio de Kensington a Bloomsbury. Esa mudanza equivale a otros cambios: de
hija sometida a huérfana emancipada, de la era victoriana a la eduardiana, de
los modales ásperos y diplomáticos de salón a las reuniones nocturnas de
amigos. En Kensington, quedan el biempensante Henry James, la mano larga de su
hermanastro y su futuro opresivo de ángel de la casa. En Bloomsbury, empieza a
parecerse a la mujer que será el resto de su vida. Como Virginia y su hermana
se mudaron a Bloomsbury cuando eran muy jóvenes, la primera parte de la
biografía es breve aunque eso no contrarresta su importancia. La escritora
revivió sus primeros años en textos autobiográficos de ficción y no ficción.
Virginia Woolf “podía
traducir todas sus experiencias en lenguaje”, aun las que parecían más opacas,
dice Chikiar Bauer, y desanda los pasos de la escritora en sus cuentos,
novelas, teatro, crítica, diarios y cartas. En la biografía, como en la vida de
Woolf, las experiencias se convierten en relatos que son, al mismo tiempo,
experiencias decisivas. La escritora no es la misma antes y después de escribir
un libro. El tema de la vida y la literatura se transforma, de a poco, en la
literatura como vida. Las voces de las personas que rodean a la escritora, el
tejido familiar de sus días, se suman a los textos públicos y privados que
dejó.
Como comenta Irene
Chikiar Bauer en la
Introducción, con Virginia Woolf pasa lo mismo que ella notó
con Shelley: cada generación siente la necesidad de contar su historia a su
manera porque “su historia es la nuestra”. Cada biografía muestra una Virginia
Woolf distinta porque ella “cambia en nuestra mente, como la gente viva” por
decirlo de la misma manera en que ella hablaba de los fantasmas. Algunos creen
que vivía en un mundo antagónico, porque leen su vida en términos de
bipolaridad. Otros consideran que ya es inseparable de su leyenda y que se ha
convertido en sus fanáticos y detractores. Hay versiones retocadas por la
conveniencia familiar y otras signadas por el deseo de afiliarla a causas y
partidos. Pero, como ella misma advirtió que pasaba con Shelley, con ella
también “nos llega el turno de decidirnos” y cuando aparece una nueva biografía
tratamos de conocerla un poco más, de entenderla mejor.
A Virginia Woolf le
gustaba definirse como una “mejoradora de vidas”. Podía transformar una
anécdota trivial en un buen relato. Los hechos, los argumentos, importaban
menos que la forma de contarlos, de vivirlos. Un episodio podía ser otro visto
desde una perspectiva distinta, por eso están los hechos que vivió y su manera
especial de contarlos en diarios y cartas. También creía que el yo era errático
y cambiante, que una persona muestra algo diferente en cada una de sus
relaciones, y en la biografía de Chikiar Bauer, a la Virginia Woolf de
siempre (cara de Bloomsbury, equilibrada o psiquiátrica, rival del patriarcado,
inteligencia record, esposa virgen y amiga homosexual) se suman otras. Virginia
y sus perros, las casas y los jóvenes. Virginia de viaje. Virginia, snob –pero
no frívola–. Virginia y el imperio, el agua, la maternidad, la comida, los
médicos y la ropa. La indiscreción y la mordacidad de Virginia. Virginia y la
cocinera, los bolos y las invasiones argentinas de Victoria Ocampo. También
Virginia Woolf con ella misma, con el yo de la infancia que se hunde y reaparece,
la vejez, la rapidez del tiempo.
Conocer a los otros
era, para ella, una de las grandes dificultades de la vida y la escritura,
también un incentivo mayor, un desafío. Siempre se preguntaba cómo contar a una
persona. Apostaba por mostrar escenas de su vida, sus paisajes, su cuarto.
Inventaba biografías de gente imaginaria en los ensayos sobre escribir. “La
gente escribe lo que llama vidas de otras personas; reúne cierto número de
hechos y deja que la persona a quien ocurrieron estos hechos siga sin ser conocida”,
se quejó una vez. En la biografía de Chikiar Bauer los hechos, en cambio,
funcionan como claves de la personalidad de la escritora. Era eso, la
personalidad, lo que la misma Woolf buscaba a la hora de escribir una
biografía. Pensaba que sólo el acercamiento a esa personalidad podía reunir los
hechos de una vida en una biografía integradora.
Claro que con ella el
tema tiene sus sutilezas. Como dijo Hermoine Lee, autora de otra biografía
excelente, Virginia Woolf “era una escritora de autobiografías que nunca
publicó su autobiografía”. A lo mejor la disuadió el miedo a la exposición y el
ridículo, que tanto la preocupaba; a lo mejor era demasiado elusiva para
dedicarse a ese ejercicio o se rindió ante las dificultades del género. No
escribió su autobiografía, pero dejó muchos textos autobiográficos para que
alguien pudiera reunirlos y hacer algo con ellos. “Me llamo Virginia Woolf.
Atrápame si puedes”, son las primeras palabras de esta biografía que toma la
posta una vez más.
Dicen que las
personas mueren, pero las relaciones sobreviven. La historia de Virginia Woolf
con los lectores lo demuestra. Sus lectores van más allá de su obra, extienden
esa relación a su vida, escriben y leen biografías para renovarla con el
tiempo. Algunas, como la de Chikiar Bauer, forman el cauce transparente que
deja ver a la escritora, múltiple, misteriosa y cambiante como la realidad que
ella misma quería expresar.
Virginia Woolf
también habría aconsejado renunciar a una hipotética verdadera Virginia Woolf
para dar paso a esta otra, más compleja y humana, que va por el campo con su
perra o por la calle, alta y flaca, vestida a su manera, concentrada en lo que
va a escribir desde su cuarto.