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7.4.14

El nuevo libro de Almudena Grandes

Tercera entrega de "Episodios de una Guerra Interminable". Después de "Inés y la alegría" y "El lector de Julio Verne", llega "Las tres bodas de Manolita"


Tras la guerra sobrevivir es un duro oficio cotidiano. Especialmente para Manolita, una joven de dieciocho años que, con su padre y su madrastra encarcelados, y su hermano Antonio escondido en un tablao flamenco, tiene que hacerse cargo de su hermana Isabel y de otros tres más pequeños. A Antonio se le ocurrirá una manera desesperada de prolongar la resistencia en los años más terribles de la represión: utilizar unas

multicopistas que nadie sabe poner en marcha para la propaganda clandestina.
 Y querrá que sea su hermana Manolita, la señorita Conmigo No Contéis, quien visite a un preso que puede darles la clave de su funcionamiento. Manolita no sabe que ese muchacho tímido y sin aparente atractivo va a ser en realidad un hombre determinante en su vida, y querrá visitarlo de nuevo, después de varios periplos, en el destacamento penitenciario de El Valle de los Caídos. Pero antes tiene que saber quién es el delator que merodea por el barrio. 
La tres bodas de Manolita es una emotiva historia coral sobre los años de pobreza y desolación en la inmediata posguerra, y un tapiz inolvidable de vidas y destinos, de personajes reales e imaginados. Una novela memorable sobre la red de solidaridad que tejen muchas personas, desde los artistas de un tablao flamenco hasta las mujeres que hacen cola en la cárcel para visitar a los presos, o los antiguos amigos de colegio de su hermano, para proteger a una joven con coraje. 

1.4.14

Un amor excesivo, una tragedia clásica

El encuentro entre las jóvenes Adèle y Emma da inicio a una historia de pasión de esas que ponen en juego razón, arrebato, cuerpo, hormonas, desencuentros y, a la larga, una infinita desolación. Y la actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa.




Ganadora de la Palma de Oro en la última edición de Cannes y del Premio Fipresci de la Crítica a la Mejor Película del 2013 (entre otros muchos galardones obtenidos de mayo para acá), firme candidata a la nominación al Oscar a Mejor Film Extranjero, La vida de Adèle logra lo que el cine (y la gente) ya no: construir una gran historia de amor. De esas que ponen en juego razón, arrebato, cuerpo, hormonas, desencuentros y, a la larga, una infinita desolación. Con un metraje de 179 minutos (absolutamente inusual para lo que nunca deja de ser un pequeño film intimista), está dividida en dos movimientos: el primero de ellos avanza hacia la plenitud, el desborde, la consustanciación con el otro hasta perderse a sí mismo; el segundo se corresponde, plano a plano, con un melodrama amoroso. En totalidad, el film del tunecino Abdellatif Kechiche (el de la magnífica Juegos de amor esquivo y la más formulaica Cous Cous) es una tragedia hecha y derecha. Una tragedia clásica, con una heroína ciega, incapaz de hacer corresponder deseo y destino.
Los amores excesivos siempre fueron una de las especialidades de la french cuisine. Si un cineasta se abocó a ellos con verdadera fijación, ése fue François Truffaut, quien en una ocasión (1975) trasladó al cine La historia de Adela H, de Victor Hugo. Si no fuera porque la actriz que protagoniza La vida de Adèle se llama Adèle Exarchopoulos, uno juraría que esta muchacha de secundario debe su nombre a aquella pariente lejana del siglo XIX. Como la Adjani en el film de Truffaut, Adèle se enamora de quien no debe. La diferencia es, en tal caso, que mientras el teniente de Húsares rechazaba tempranamente a H., aquí nada indica, al comienzo al menos, que el amor de Adèle no sea correspondido. Es verdad que asoman diferencias que se tornarán insalvables. Pero, ¿cómo saber que lo son antes de hacer la prueba?
Adèle se enamora de Emma (Léa Seydoux) en el instante mismo en que se cruzan por la calle. Adèle no es gay (Emma sí, desde el propio despertar sexual) e incluso acaba de levantarse, aun en su timidez, al compañerito que más le gusta. Pero desde que ve a Emma, es como si su vida entera fuera succionada por esta chica de cabello azul. Los héroes y heroínas trágicos no suelen registrar los datos que advierten del error de sus elecciones, y podría tomarse como tal el hecho de que ese día Emma vaya abrazada a una chica. Pero, ¿quién a quien alguien le guste mucho renuncia a él por el simple hecho de que esté en pareja?
Lo que sí está claro desde un primer momento es que, de modo clásico, Adèle ama y Emma, que tiene el look y los modales del Brando de los ’50, se deja amar. Siempre y cuando por “dejarse amar” se entienda hacerlo con ferocidad: el cronista no recuerda cuándo fue la última vez (si es que alguna vez hubo una) que vio en cine escenas de sexo tan intensas y desesperadas, tan creíbles y transpiradas, tan absolutas como las de La vida de Adèle. Tan necesarias: no hay otra forma de transmitir el fuego que consume a las dos muchachas, que tirar la cámara a él. Pero es verdad que es Adèle la que busca en boliches gay a la chica que la deslumbró, la que fuerza el primer beso, la que sufre cuando percibe los primeros síntomas de descomposición, la que se deshace por dentro, la que intenta recuperar un amor que ya no está.

La cámara la sigue todo el tiempo, con la misma obsesividad con que ella persigue a su objeto amoroso. La actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa: véase cómo pasa del hermetismo al desborde emocional, de la pasividad a la fiereza (cuando las compañeras de colegio la “acusan” de tortillera), de la melancolía que la cerca a dejarse llevar por la sensualidad de un baile (gran escena), de la locura amorosa a la pasividad otra vez (la fiesta en el jardín, otra gran escena), o cómo hace coexistir máscara social y corazón partido, en la extraordinaria escena del baile africano. Cuando la implacable Emma la echa de casa, rompe desconsoladoramente en llanto, como una nena. “Antígona es una niña”, había remarcado la profesora de Literatura al comienzo de la película, cargado de referencias literarias. “Presten atención al carácter de predestinación que tiene el flechazo de la protagonista en Vida de Marianne, de Marivaux”, indica otro profesor. Más tarde vendrán, de la mano de Emma (¿Emma, como Bovary?), Sartre, el existencialismo y la idea del compromiso.
Esas referencias, que puntúan de modo demasiado evidente lo que va a venir, son lo más flojo de La vida de Adèle, que desde el propio título busca el parentesco con Marivaux. Pero la de Kechiche es una de esas obras que, de tan grandes, arrollan sus propias debilidades gracias al torrente narrativo, emocional y subtextual que desencadenan. Para poner sólo un par de ejemplos de la rica alusividad de esos subtextos, se aconseja prestar atención al tema de las diferencias de clase y formación (motivo clásico de toda tragedia amorosa) y la manera en que la pareja de Adèle y Emma va clonando, de modo inconsciente, los roles masculino y femenino, en su acepción más tradicional. Dos puntas a seguir, en medio de un archipiélago de sentidos en el que se recomienda, fervientemente, perderse.

 Por Horacio Bernades/ Página 12

20.3.14

Teatro: Casi normales

 EL DOLOR Y EL PLACER CONJUGAN UN EXITO. UN DRAMA MUSICAL ATIPICO DONDE CONMUEVE EL TALENTO DE SUS PROTAGONISTAS


Por Héctor Maugeri, periodista especializado en espectáculos y vicedirector de revista CARAS

Apunto de finalizar su quinta temporada de éxito, el elenco de “Casi Normales”, celebra un nuevo reconocimiento por parte del
público, que la ha consagrado como una de las piezas teatrales fetiche de los últimos años. Escrita por Brian Yorker, y ganadora del Premio Pulitzer y cinco Tony, este drama-musical transita por canales desolados y de profundo dolor. Aquí el mayor desafío fue encontrar a los interpretes que pudieran relatar, a través de las canciones, una historia de desgarrado contenido emocional. Laura Conforte se instala en el escenario y se adueña de la obra. Su voz está a la altura de su esquizofrénico personaje: Impacta y emociona. Martín Ruiz demuestra su crecimiento actoral y conmueve. 

Mariano Chiesa encontró su lugar en el arte y se expresa con soberana precisión. Tiene humor y una voz potente y rigurosa. Por otro lado, los jóvenes del elenco: Fernando Dente, Matias Mayer y Manuela Del Campo, cumplen las duras exigencias que “grita” la obra. Tienen carisma, presencia y un compromiso real y creíble. (Aplausos para ellos). La dirección de Luis Romero es despojada y le imprime al genero musical una mirada profunda y salvaje. Ya lo había dicho el autor: “Aquí los actores cantan como ángeles y estrellas de rock “Next to Normal” es una historia de lucha, coraje y ausencias”. En definitiva: un recorrido por el placer y el dolor, pero por sobre todo, sabiendo que al final del camino sólo hay luz y esperanza.

14.3.14

Un road movie entrañable

 Una pequeña joya. Este film sensible y auténticamente conmovedor en su sencillez hasta puede parecer una rareza. Aquí lo que importa son los personajes en cuanto seres comunes, de carne y hueso, sin rasgo alguno de excepcionalidad. E importa la interacción entre ellos, que ahonda, con la mayor naturalidad y sin darse importancia ni hacer alardes, en las distintas facetas de la naturaleza humana. En Nebraska, aunque Alexander Payne trabaja por primera vez sobre un guión ajeno (de Bob Nelson), ha dejado sus marcas personales, las que definen su cine. Están presentes en sus temas (la relación entre padres e hijos, por ejemplo); en la estructura narrativa (ya es un experto en road movies); en el ambiente geográfico y humano que le es familiar (el de la Norteamérica profunda); en la atmósfera tenuemente melancólica (que aquí recibe la decisiva contribución de la fotografía en blanco y negro de Phedon Papamichael); en su acercamiento compasivo y solidario a los personajes, una mirada discretamente afectuosa y humanitaria, pero nunca sentimental.

Cada elemento de la imagen importa para exponer el recorrido por ese mundo modesto, pequeño y provinciano lleno de signos que hablan de un pasado más feliz y de un lento y prolongado deterioro: es el mismo en Billings, Montana -donde residen los protagonistas- en Hawthorn o en Lincoln, Nebraska, adonde los llevará una quimérica expedición. Componen la familia de un viejito malhumorado y un poco senil que, engañado por un equívoco folleto publicitario, cree haber ganado un premio millonario en dólares y está empeñado en ir a retirarlo a 1500 km de su casa para poder comprarse una nueva camioneta y recuperar el compresor que hace siglos prestó y nunca le devolvieron. Todo un dolor de cabeza para su mujer y para su hijo menor, que a cada rato debe ir a rescatarlo de algún camino al que se lanzó, a pie, en busca de su objetivo. No hay muchas soluciones. Es el encierro en un asilo, como proponen la dueña de casa y el hijo mayor, o acompañarlo a que cumpla su fantasía, que es lo que el menor -quizá deseoso de estar más cerca del hombre al que tan poco conoce- decide hacer: en el fondo, se trata solamente de ayudarlo a que tenga un motivo para ponerse en marcha, un motivo para vivir, como lo era el parque infantil para el inolvidable protagonista del film de Kurosawa.


Pero Nebraska no es sólo el retrato del lazo que se tiende entre esos dos viajeros tan reservados y parcos en palabras. Un regreso al lugar donde creció la familia y el encuentro con parientes y amigos que se muestran muy sensibles al perfume del dinero (todos ven a Woody como inminente millonario) extienden el horizonte del film y enriquecen su panorama humano y su delicada y contenida emoción. La nostalgia asoma, y también a veces la tristeza, casi siempre entre pinceladas poéticas (como la visita a la desvencijada casa donde creció la familia), pero también hay muchos momentos decididamente graciosos.


En esos aspectos, ha sido un hallazgo la elección de los actores. Si Bruce Dern resulta irreemplazable como Woody (hay que verle los ojos mientras su cabeza se llena de recuerdos de tiempos vividos en cada uno de los cuartos del antiguo hogar), no menos destacable es el difícil papel de Will Forte, el hijo cuya sensibilidad no necesita de manifestación exterior. En cuanto a June Squibb (candidata al Oscar al igual que Payne, Dern, el guionista Nelson, el fotógrafo Papamichael y el film entero), es, con su desenfado y su vivacidad, el motor de la familia y también, en muchos casos, del propio relato.

Habría sido penoso que Buenos Aires se quedara -como se temió en algún momento- sin conocer esta obra tan entrañable como valiosa.

Por Fernando López  para La Nación

10.3.14

Al final del arcoiris


 UNA OBRA DE IMPACTO EMOCIONAL

Karina K interpreta a Judy Garland arrasando con su talento artístico 

Por Héctor Maugeri

Periodista especializado en espectáculos. Vicedirector de la revista CARAS.

Si Judy Garland hubiera estado sentada en la platea del teatro Apolo, en la calle Corrientes, habría aplaudido de pie. La actuación de Karina K, interpretando la vida de la leyenda de la música (en sus últimos días, enfrentando las adicciones, sus fantasmas y temores) la consagran como la máxima exponente de la comedia musical. Su presencia es cautivante y atrapa desde la primera escena. El dolor y las canciones, el humor y el desenfado lo transita sin pausas. Es intensa. Visceral. Emociona y toca con sensibilidad el corazón humano. A su lado, Antonio Grimau, acompaña con un trabajo de antología. Compone a su pianista y confidente, representando el amor de sus fans. A su personaje le imprime una cuota de ternura que merece ser reconocida. 
El esposo de Judy, Federico Amador se impone con corrección. Mención aparte para Alberto Favero, quien rescató las partituras y le dió un brillo y un color musical exquisito y refinado. La dirección es precisa y Ricky Pashkus amalgamó las escenas más dramáticas con el ritmo y el glam del mito. “Al Final del Arcoiris”, no es solo una obra de teatro, es mucho más. Estamos frente a un hecho artístico que trasciende el escenario. 

26.2.14

Agosto


Pocas obras han ganado tantos premios (desde el Pulitzer hasta el Tony) y han conseguido tanto éxito en los teatros de todo el mundo incluidos los argentinos como la creación de Tracy Letts y, por lo tanto, esta transposición al cine dirigida por John Wells -con guión a cargo del propio Letts tiene que "competir" contra los logros y hallazgos de su antecesora.
Para sortear semejante desafío, Wells contó con uno de los elencos más imponentes de los últimos tiempos: una docena de reconocidos intérpretes que y éste es uno de los principales méritos tanto de la obra como de la película tienen espacio y material suficientes como para lucir todo su arsenal de recursos expresivos, sus múltiples matices, sus facetas más diversas (la trama pendula entre la crueldad y la vulnerabilidad, entre la perversión y la compasión, entre el odio y el desprecio más profundos a la dependencia más absoluta y el amor más desesperado).

La película reducida de tres a dos horas respecto del original teatral tiene al personaje de Violet (Meryl Streep) en el centro de la escena como la matriarca de los Weston, una familia de Oklahoma tan amplia como decididamente disfuncional. Tras la repentina desaparición de su marido (Sam Shepard), un poeta alcohólico que, pronto sabremos, ha decidido quitarse la vida, esta mujer despótica e inestable (adicta a todo tipo de pastillas) recibe a sus tres hijas (Julia Roberts, Juliette Lewis y Julianne Nicholson), quienes llegan acompañadas para el funeral por sus propios maridos, novios y en el caso de la mayor (Roberts) hasta con su propia hija preadolescente (Abigail Breslin).
Lo que sigue es una batalla dialéctica entre esas tres generaciones de los excéntricos Weston (y varios otros personajes que los rodean), en la que, además, se irán acumulando y luego desentrañando todo tipo de secretos y mentiras, de excesos y abusos.
La película funciona bastante bien en los términos en que está planteada (extensos y desgarradores diálogos escritos a puro virtuosismo para el lucimiento histriónico de sus estrellas), pero este despliegue de ácidos y cínicos parlamentos resulta al mismo tiempo su principal limitación.
Es que, más allá de los esfuerzos de Wells y de su director de fotografía, Adriano Goldman, por dotar al film de cierto movimiento, de "airearlo" con imágenes de los exteriores rurales de esa región en plena explosión veraniega, estamos ante el imperio de la palabra y de las actuaciones (sobre todo la de Streep), que muchas veces rompen con el naturalismo y se acercan casi inevitablemente a cierta ostentación y grandilocuencia teatral.
La película es como un culebrón culto, un muestrario de las ruindades, de la peores miserias, de toda esa carga de hipocresía, cinismo y hasta sadismo que puede albergar un núcleo familiar. Hay algo de fascinante, pero también de patético en esa articulación entre mujeres dominantes (de apariencia fuerte, pero también de enormes carencias afectivas) y hombres entre sumisos y dependientes, muchas veces ausentes, inmaduros e irresponsables.
Agosto, con su aura de obra prestigiosa, con sus intérpretes de primera línea, con su provocativo estilo de comedia negra con picos escabrosos, tiene atractivos suficientes como para seducir a cierto segmento de público. El resto, en cambio, es muy probable que salga indignado de la sala. La película no esconde lo que es ni lo que propone. Sólo hay que saber de qué lado se para cada uno a la hora de decidir enfrentarse o no a los conflictos que aquí se exponen con absoluta crudeza e intensidad.

Por Diego Batlle para La Nación

18.2.14

Blue Jasmine


Blue Jasmine es una película resplandeciente: resplandece su protagonista, Cate Blanchett, en absoluto estado de gracia. Ella y Allen proponen algo especialmente osado: volver al estatuto de actriz inapelablemente hermosa, de atractivo fuera de duda, y no mediante una construcción publicitaria y clipera.
Blanchett es subyugante no gracias a ángulos de cámara velozmente cambiantes que la favorecen y la falsean: es subyugante mucho más allá de la cámara, hasta parecería no necesitarla.


Blanchett es una deidad. Una deidad caída en este caso: una mujer acostumbrada a la riqueza que lo ha perdido todo. La película empieza con un relato tragicómico de esa pérdida, en forma de monólogo sufrido por una compañera de viaje, una señora a la que se le nota la permanencia del dinero. Jasmine (nom de guerre) ha accedido a la riqueza y/o al amor con su marido, que ya no está más para ella. Para la película, él estará en numerosos flashbacks que irrumpen con frecuencia y con cierta violencia. Es la vida anterior, es una vida que Jasmine ha perdido, y esa pérdida es un shock constante. No más techos altos de departamentos de edificios antiguos, casa en Los Hamptons, viajes a Europa, consumo sin límites en Nueva York, el roce del dinero con el dinero. Su marido es la seducción constante en el amor y en los negocios. Es el enorme Alec Baldwin, un actor que cuando dejó de ser galán joven pasó a ser un intérprete de una perfección descomunal. En Blue Jasmine sabe que no es el centro magnético (no hay manera de competir con Blanchett), y esos flashbacks lo ubican tras un velo misterioso que la película termina de descorrer al final, en una revelación que está lejos de ser una vuelta de tuerca: es lógica y aporta una nueva luz a los juegos conceptuales manejados a la perfección: dinero y pasión (enfermiza) se mezclan de forma indisoluble.
Jasmine, al perderlo todo, pierde también la capacidad táctica, sólo le queda la estrategia general. Y en los juegos del amor y el dinero (o del amor al dinero) todo puede decidirse en detalles aparentemente ínfimos, pero cruciales. Jasmine cambia de costa, del este al oeste de los Estados Unidos (con el peso que ese viaje siempre tuvo en el cine de Allen), y pasa a convivir con su hermana, que se casó mal. La hermana es Sally Hawkins, de Happy-Go-Lucky , de Mike Leigh, y también está perfecta. Pero entrar en cada ángulo de Blue Jasmine y evaluarlo de forma superlativa es redundante.
De todos modos, sería en extremo injusto no señalar la gran cantidad y variedad de humor (se incluye el incómodo y el cargado de crueldad), la estructura que permite el cambio de perspectiva y de tiempos sin afectar la tersura narrativa, el entramado temático notablemente resistente en su elasticidad y profundidad.
Blue Jasmine es una película de un nivel al que no se suponía que Allen regresara luego de sus simpáticas excursiones turísticas por Barcelona, París y Roma. A las objeciones de que el director hace demasiadas películas, Allen responde este año que la práctica hace la perfección.
 Por   | Para LA NACION

10.2.14

Atrápame si puedes

Por Esther Cross, para Radar libros

Para contar la vida de Virginia Woolf, Irene Chikiar Bauer no se propone describir “una hipotética verdadera Virginia Woolf”. Así define el libro desde el principio, con una apuesta proporcional a su objetivo. Buscar una hipotética Virginia Woolf verdadera sería perderse lo mejor, sacrificar el registro de una vida por un relato cerrado, que es el error calmante y cómodo de muchas biografías. Una versión acabada implica un lector inactivo del otro lado de la página y esa pasividad sería una contradicción al tratarse de Virginia Woolf. Pero, ¿cómo hablar de la escritora que quería expresar, en palabras de Chikiar Bauer, “lo múltiple de la realidad, lo que tiene de inexplicable, de subjetiva y misteriosa”?
Chikiar Bauer elige dar cuenta “del transcurso de la vida” de la escritora, desde el contexto familiar hasta la aparición de su cuerpo en las orillas del río Ouse, y sigue un poco más allá, con las primeras marcas de su ausencia y el eco de su voz en quienes la rodeaban.
En el trayecto, Virginia Woolf, la vida por escrito busca lo que la misma Woolf buscaba en su novela Los años: contar el tiempo en continuado; tender la línea entre pasado, presente y futuro como se siente en la vida; captar su desarrollo íntimo y su dialéctica con el mundo exterior. Virginia Woolf creía que el pasado regresa si “el presente se desliza suavemente, como la superficie de un río” porque “entonces, a través de la superficie, se ven las profundidades”. En el libro de Bauer, la narración deja ver a la escritora. El deslizamiento sigue el curso de los años; cada capítulo corresponde a uno, como en los diarios que llevaba Virginia Woolf.
La biografía tiene dos partes, que se bifurcan en un momento clave: la mudanza de Virginia del barrio de Kensington a Bloomsbury. Esa mudanza equivale a otros cambios: de hija sometida a huérfana emancipada, de la era victoriana a la eduardiana, de los modales ásperos y diplomáticos de salón a las reuniones nocturnas de amigos. En Kensington, quedan el biempensante Henry James, la mano larga de su hermanastro y su futuro opresivo de ángel de la casa. En Bloomsbury, empieza a parecerse a la mujer que será el resto de su vida. Como Virginia y su hermana se mudaron a Bloomsbury cuando eran muy jóvenes, la primera parte de la biografía es breve aunque eso no contrarresta su importancia. La escritora revivió sus primeros años en textos autobiográficos de ficción y no ficción.
Virginia Woolf “podía traducir todas sus experiencias en lenguaje”, aun las que parecían más opacas, dice Chikiar Bauer, y desanda los pasos de la escritora en sus cuentos, novelas, teatro, crítica, diarios y cartas. En la biografía, como en la vida de Woolf, las experiencias se convierten en relatos que son, al mismo tiempo, experiencias decisivas. La escritora no es la misma antes y después de escribir un libro. El tema de la vida y la literatura se transforma, de a poco, en la literatura como vida. Las voces de las personas que rodean a la escritora, el tejido familiar de sus días, se suman a los textos públicos y privados que dejó.
Como comenta Irene Chikiar Bauer en la Introducción, con Virginia Woolf pasa lo mismo que ella notó con Shelley: cada generación siente la necesidad de contar su historia a su manera porque “su historia es la nuestra”. Cada biografía muestra una Virginia Woolf distinta porque ella “cambia en nuestra mente, como la gente viva” por decirlo de la misma manera en que ella hablaba de los fantasmas. Algunos creen que vivía en un mundo antagónico, porque leen su vida en términos de bipolaridad. Otros consideran que ya es inseparable de su leyenda y que se ha convertido en sus fanáticos y detractores. Hay versiones retocadas por la conveniencia familiar y otras signadas por el deseo de afiliarla a causas y partidos. Pero, como ella misma advirtió que pasaba con Shelley, con ella también “nos llega el turno de decidirnos” y cuando aparece una nueva biografía tratamos de conocerla un poco más, de entenderla mejor.
A Virginia Woolf le gustaba definirse como una “mejoradora de vidas”. Podía transformar una anécdota trivial en un buen relato. Los hechos, los argumentos, importaban menos que la forma de contarlos, de vivirlos. Un episodio podía ser otro visto desde una perspectiva distinta, por eso están los hechos que vivió y su manera especial de contarlos en diarios y cartas. También creía que el yo era errático y cambiante, que una persona muestra algo diferente en cada una de sus relaciones, y en la biografía de Chikiar Bauer, a la Virginia Woolf de siempre (cara de Bloomsbury, equilibrada o psiquiátrica, rival del patriarcado, inteligencia record, esposa virgen y amiga homosexual) se suman otras. Virginia y sus perros, las casas y los jóvenes. Virginia de viaje. Virginia, snob –pero no frívola–. Virginia y el imperio, el agua, la maternidad, la comida, los médicos y la ropa. La indiscreción y la mordacidad de Virginia. Virginia y la cocinera, los bolos y las invasiones argentinas de Victoria Ocampo. También Virginia Woolf con ella misma, con el yo de la infancia que se hunde y reaparece, la vejez, la rapidez del tiempo.
Conocer a los otros era, para ella, una de las grandes dificultades de la vida y la escritura, también un incentivo mayor, un desafío. Siempre se preguntaba cómo contar a una persona. Apostaba por mostrar escenas de su vida, sus paisajes, su cuarto. Inventaba biografías de gente imaginaria en los ensayos sobre escribir. “La gente escribe lo que llama vidas de otras personas; reúne cierto número de hechos y deja que la persona a quien ocurrieron estos hechos siga sin ser conocida”, se quejó una vez. En la biografía de Chikiar Bauer los hechos, en cambio, funcionan como claves de la personalidad de la escritora. Era eso, la personalidad, lo que la misma Woolf buscaba a la hora de escribir una biografía. Pensaba que sólo el acercamiento a esa personalidad podía reunir los hechos de una vida en una biografía integradora.
Claro que con ella el tema tiene sus sutilezas. Como dijo Hermoine Lee, autora de otra biografía excelente, Virginia Woolf “era una escritora de autobiografías que nunca publicó su autobiografía”. A lo mejor la disuadió el miedo a la exposición y el ridículo, que tanto la preocupaba; a lo mejor era demasiado elusiva para dedicarse a ese ejercicio o se rindió ante las dificultades del género. No escribió su autobiografía, pero dejó muchos textos autobiográficos para que alguien pudiera reunirlos y hacer algo con ellos. “Me llamo Virginia Woolf. Atrápame si puedes”, son las primeras palabras de esta biografía que toma la posta una vez más.
Dicen que las personas mueren, pero las relaciones sobreviven. La historia de Virginia Woolf con los lectores lo demuestra. Sus lectores van más allá de su obra, extienden esa relación a su vida, escriben y leen biografías para renovarla con el tiempo. Algunas, como la de Chikiar Bauer, forman el cauce transparente que deja ver a la escritora, múltiple, misteriosa y cambiante como la realidad que ella misma quería expresar.
Virginia Woolf también habría aconsejado renunciar a una hipotética verdadera Virginia Woolf para dar paso a esta otra, más compleja y humana, que va por el campo con su perra o por la calle, alta y flaca, vestida a su manera, concentrada en lo que va a escribir desde su cuarto.


3.2.14

Leer, hace bien

 Los libros nos informan, nos entretienen, nos hacen pensar, cuestionar, analizar, imaginar, soñar.  


Leer nos hace más libres.



No hay nada que reemplace a una buena lectura. El libro es casi un milagro.





 No importa que elijamos un Premio Nobel o un best seller, un libro de poemas o de autoayuda. Tener un libro en la mano es un camino de ida.


Quisimos saber cuáles son los preferidos de los visitantes de Mar de las Pampas. Cecilia Rodriguez, encargada de la librería "Alfonsina del bosque" nos dio un panorama.
"Al que le gusta leer, por lo general, no necesita ni busca orientación. Sabe lo que quiere.  Uno de los más vendidos, sobre todo entre los que leen en vacaciones, es la trilogía  "Cincuenta sombras de Grey" de E.L.James . Algunos de los más buscados son "Cazadores de sombras" de Cassandra Clare y "Los juegos del hambre" de Susan Collins.


Entre las novedades están  " Y las montañas hablaron"  y "Cometas en el cielo", ambos de Khaled Hosseini. Éste último, personalmente, lo recomiendo. Por supuesto no faltan los fanáticos de los poemas de Charles Bukowski y de los libros políticos. Cada verano, Haruki Murakami  tiene más seguidores y su libro más pedido es " Los años de peregrinación del chico sin color."


Los pre-adolescentes eligen  "La saga de Percy Jackson y los dioses del Olimpo" de Rick Riordan y los de John Grisham son los elegidos por los adolescentes. Para los más chiquitos, los padres se inclinan por la colección "Quipu", entre los que está "A mi abuela no le gusta mi gato". Pero cuando los que deciden son los chicos, van directo a las historietas de Gaturro.


Y como Mar de las Pampas hoy quiere mucho a los libros, no puede dejar de sugerir algunos títulos. Sólo diez y muy variados

"El extrajero" de Albert Camus

"La insoportable levedad del ser" de Milan Kundera

"Cien años de soledad " de Gabriel Garcia Márquez

"Balzac y la joven costurera china" de Dai Sijie

"Libro de Manuel" de Julio Cortázar


Fotos:María Angélica Pérez
"Memorias de Adriano" de Marguerite Yourcenar

"La rive gauche" de Herbert  Lottman

"El corazón helado" de Almudena Grandes

"Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi

"La mujer justa" de Sándor Márai

Continuará...

Que tengan una buena lectura.

27.1.14

García Márquez, para reincidir

El amor en los tiempos del Gabo


Ahora que el verano es ley, lo que se impone es releer viejas glorias literarias, esas que nos alimentan, que nos devuelven la vida, que alejan los fantasmas y que son un bálsamo en las heridas.

El lamentable estado de la tapa de “El amor en los tiempos del cólera”, en la primera edición de Sudamericana, 1985, muestra que fue releído con devoción. Más de una vez.

Todo lo justifica la esplendorosa historia de amor de Florentino Ariza y Fermina Daza, que dura toda la vida de los dos, que no se apaga ni con los vientos del Caribe, ni con las oposiciones familiares, ni con los embates disparatados de los rechazos, ni con los malos entendidos, ni con las huidas a ninguna parte y menos con las reflexiones cargadas de desdicha: “Nada en este mundo era más difícil que el amor”.

El Gabo García Márquez, grande como nunca, nos abre las puertas de un juego de nunca acabar, en el que una caja esconde a otra más pequeña y así hasta el infinito. El amor es infinito.

Para leer frente al mar. El mar nos lo agradecerá.

16.12.13

Un libro sin tiempo

"Alexis o el tratado del inútil combate" de Marguerite Yourcenar.

Alexis, es la historia de un joven músico que escribe una carta a su mujer. En realidad el libro es una  carta. En ella le explica, con dolor, ternura, amor, el largo e inútil combate que ha vivido durante años y los motivos por los cuales la abandona.
El narrador-protagonista explora en sus sentimientos más íntimos, en la moral represora , en su vocación de artista, en la presión que el mundo exterior ejerció e impidió que aceptara su condición de homosexual. Pero lo que nos plantea esta gran escritora es mucho más abarcable y universal: es  el inútil combate que, a veces, cada uno libra en una  elección, con una moral y con el miedo de decidir con valentía, con libertad, para romper con una mentira . "Vivimos, Mónica. Cada uno de nosotros tiene su vida particular, única, marcada por todo el pasado sobre el que no tenemos ningún poder y que a su vez nos marca, por poco que sea, todo el porvenir. Nuestra vida. Una vida que sólo a nosotros pertenece, que no viviremos más de una vez y que no estamos seguros de comprender del todo (...) Sólo nosotros podemos ver nuestra vida". O: "No fue culpa mía si aquella mañana me encontré con la belleza". Así está escrito este libro, publicado en 1927, pero que como toda gran obra, no tiene tiempo. Tanto como otra de sus frases: "Te pido perdón, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo".
Marguerite Yourcenar fue en 1980, la primer mujer elegida miembro de número en la Academia Francesa de Letras. Otros de sus libros: "Memorias de Adriano", "Fuegos", "El tiro de gracia", "Como el agua que fluye", entre otros.

14.11.13

La caza

Esta nueva película del director de La celebración mantiene ese espíritu provocador y esa mirada inquietante que ya es marca de fábrica de buena parte del cine danés de los últimos años. Es que el ladero de Lars Von Trier en aquellos tiempos del movimiento Dogma 95 se arriesga aquí con uno de los temas más difíciles que el público pueda enfrentar: la pedofilia. O, al menos, la presunción de que se está frente a un caso de abuso infantil.
Lucas (un extraordinario Mads Mikkelsen, ganador del premio al mejor actor en el Festival de Cannes 2012 por este trabajo) es un docente que debe trabajar de manera temporal como asistente en un jardín de infantes. Se trata de un hombre bastante solitario, pero muy querido en la pequeña comunidad en la que habita. Se ha divorciado hace poco, tiene un hijo adolescente que lo idolatra, y su única afición que sale un poco de lo común es participar en temporadas de caza.
Las otras docentes y hasta los niños se rinden ante el atractivo y la discreta seducción de un Lucas que hasta empieza un noviazgo que parece hacerle muy bien. Hasta que? su mundo se derrumba por completo. Una pequeña rubia y encantadora niña de su sala se siente traicionada por el protagonista y asegura que él se ha propasado. No es difícil entender por qué los responsables de la escuela, la familia de la chica y el pueblo en general le creerá a la "víctima" e iniciarán una cruzada tipo efecto bola de nieve contra el "victimario".
Ese es el planteo inicial de La cacería , una película que pone al espectador en un lugar muy difícil (empatizar con el desdichado antihéroe, indignarse con la denunciante por su "pequeña mentira" y, al mismo tiempo, mantener siempre un manto de duda respecto de si efectivamente existió algún tipo de inconducta por parte del maestro), mientras aborda temas recurrentes en la filmografía de Vinterberg como la histeria colectiva, la degradación de la familia, la hipocresía social en tiempos de corrección política y un largo etcétera.
El film está construido con una tensión casi insoportable (juega con la idea del hombre común hitchcockiano enfrentado a circunstancias extraordinarias que él no provocó) y con un tono de absoluta gravedad. Vinterberg es un experto en construir climas agobiantes, pero también en tomar al espectador de rehén. Así, la historia resulta atrapante (se siguen en vilo las desventuras y movimientos desesperados de Lucas hasta el final), pero también un ejercicio de manipulación emocional y hasta de sadismo hacia el espectador. Así de contradictoria es la película. Tómela o déjela.
Por Diego Batlle para La Nación

18.10.13

No nos une el amor

Una novela sin fronteras

De pronto, el verano lo cambia todo en un país que lo estaba cambiando todo.
España, 1978, pleno postfranquismo. Una bandita de adolescentes marginales, delincuentes de poca monta, recluta a otro adolescente de clase media acomodada, aplastado por su propia cobardía y cegado por el vértigo de una vida que le parece nueva, rica, apasionante.
Son El Zarco, la Tere y El Gafitas.
Todo termina como suelen terminar estas cosas. Pero treinta años después, llega el reencuentro, hilvanado por un escritor que tiene como misión narrar la historia de aquel delincuente juvenil, convertido en un símbolo de la transición española a la democracia. En el medio, laten las diluidas fronteras sociales y morales, cambiantes unas, férreas otras a lo largo de tres décadas, y un enigma: qué fue lo que unió a todos, qué fue lo que los separó, cuál es la verdad en ese marasmo de sentimientos, hipocresías, dobleces, astucias e imposturas al que no son ajenos ni el poder político, ni la prensa, ni las autoridades penitenciarias ni la Justicia.
Por ahí viene “Las leyes de la frontera” (Mondadori), apasionada novela del español Javier Cercas. Más, no se puede contar.
Cercas es un notable escritor, autor, entre otros trabajos memorables, de “Soldados de Salamina” y “El vientre de la ballena”. Aunque sea curioso, su obra cumbre (esto es materia discutible) no es ficción: es un ensayo histórico y periodístico sobre el intento de golpe de Estado en España, liderado por el coronel Antonio Tejero el 23 de febrero de 1981. Ese libro, “Anatomía de un instante”, un verdadero tratado de filosofía política narrado como una gran novela, se consigue todavía en las librerías argentinas. Cercas, y eso es una lástima, no tiene mucha difusión en el país.

29.9.13

Un clásico del cine

Casablanca ganó tres Oscar en 1942: mejor película, mejor director y mejor guión. Magistral desde todo punto de vista, narra una historia de amor maravillosa, en tiempo de guerra. Michael Curtiz un director húngaro recién llegado de Europa y Howard Koch junto con los hermanos Julius y Philip Epstein son sus artífices. Aunque quizás habría que hacer mención al Hollywood de los 40, ese Hollywood dorado que se rebelaba con su cine al clima bélico de la II Guerra Mundial.
Un líder de la resistencia francesa, Victor Laszlo (Paul Henreid) llega a Casablanca, una ciudad del noroeste africano perteneciente a la Francia no ocupada; viene en busca de un salvoconducto que le llevé a América. Le acompaña su esposa Ilsa Lund (Ingrid Bergman). Por azar del destino visita un local llamado Rick's Café Americain, en busca de un contacto de la resistencia. El local es propiedad de Rick Blaine (Humphrey Bogart). Rick e Ilsa Lund se reencuentran (¡vaya escena...!), ya se conocían, después de haber sido novios. (Ella le dejo de un día para otro dejándole por toda explicación una carta.  Sin embargo ahora aparece como la señora Laszlo). Desde entonces la película narra la búsqueda del salvoconducto, que va a estar en manos de Rick, al tiempo que Rick e Ilsa vuelven a enamorarse. Destacan las excelentes interpretaciones de Claude Rains y muchos secundarios de lujo como Peter Lorre, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet y Dooley Wilson (el inseparable Sam), entre otros muchos.
Es bien sabido que el rodaje fue algo caótico, por lo que a precipitado se refiere, ya que el guión estaba aún por terminar cuando comenzó a rodarse la película. Los hermanos Epsteinescribieron y rescribieron el guión en numerosas ocasiones, hasta tal punto que los propios actores, y sobre todo la pareja formada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, interpretaban sus papeles sin saber como acabaría la historia. Dios quiso que la historia acabara como finalmente acabó. Y es que probablemente el final de esta maravillosa historia, sea la principal causa de su éxito y de su grandeza.
La historia se basa en una obra no estrenada titulada Everybody goes to Rick's, escrita porMurray Burnett y Joan Alison. El precio total de la producción rozó los 870.000 dólares.Humphrey Bogart y Claude Rains recibieron sendas nominaciones al Oscar. Curtiz transformó al detestable príncipe Juan (Robin Hood) en el cínico de gran corazón capitán Renault.
Una anécdota graciosa del rodaje es que se utilizó una pequeña plataforma para calzar aBogart (1,60) en las escenas que aparecía junto a Ingrid Bergman (1,80)...
Casablanca es un producto magistral, una obra de arte del cine. Aunque desde luego no atribuible a una sola persona. Gran parte del éxito está en el guión, gran parte también al propio Michael Curtiz, al productor Hall B. Wallis y desde luego a los actores. ¿Quién podría imaginarse a Ronald Reagan o Ann Sheridan en el papel de Rick o de Ilsa? Pues parece ser que estuvieron cerca de firmar con la Warner... Irrepetible obra maestra.



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