Blue
Jasmine es una película resplandeciente:
resplandece su protagonista, Cate Blanchett, en absoluto estado de gracia. Ella
y Allen proponen algo especialmente osado: volver al estatuto de actriz
inapelablemente hermosa, de atractivo fuera de duda, y no mediante una construcción
publicitaria y clipera.
Blanchett es subyugante no gracias
a ángulos de cámara velozmente cambiantes que la favorecen y la falsean: es
subyugante mucho más allá de la cámara, hasta parecería no necesitarla.
Blanchett es una deidad. Una
deidad caída en este caso: una mujer acostumbrada a la riqueza que lo ha
perdido todo. La película empieza con un relato tragicómico de esa pérdida, en
forma de monólogo sufrido por una compañera de viaje, una señora a la que se le
nota la permanencia del dinero. Jasmine (nom de guerre) ha accedido a la
riqueza y/o al amor con su marido, que ya no está más para ella. Para la
película, él estará en numerosos flashbacks que irrumpen con frecuencia y con
cierta violencia. Es la vida anterior, es una vida que Jasmine ha perdido, y
esa pérdida es un shock constante. No más techos altos de departamentos de
edificios antiguos, casa en Los Hamptons, viajes a Europa, consumo sin límites
en Nueva York, el roce del dinero con el dinero. Su marido es la seducción
constante en el amor y en los negocios. Es el enorme Alec Baldwin, un actor que
cuando dejó de ser galán joven pasó a ser un intérprete de una perfección
descomunal. En Blue Jasmine sabe que no es el centro magnético
(no hay manera de competir con Blanchett), y esos flashbacks lo ubican tras un
velo misterioso que la película termina de descorrer al final, en una
revelación que está lejos de ser una vuelta de tuerca: es lógica y aporta una
nueva luz a los juegos conceptuales manejados a la perfección: dinero y pasión (enfermiza)
se mezclan de forma indisoluble.
Jasmine, al perderlo todo, pierde
también la capacidad táctica, sólo le queda la estrategia general. Y en los
juegos del amor y el dinero (o del amor al dinero) todo puede decidirse en
detalles aparentemente ínfimos, pero cruciales. Jasmine cambia de costa, del
este al oeste de los Estados Unidos (con el peso que ese viaje siempre tuvo en
el cine de Allen), y pasa a convivir con su hermana, que se casó mal. La
hermana es Sally Hawkins, de Happy-Go-Lucky , de
Mike Leigh, y también está perfecta. Pero entrar en cada ángulo de Blue Jasmine y evaluarlo de forma superlativa
es redundante.
De todos modos, sería en extremo
injusto no señalar la gran cantidad y variedad de humor (se incluye el incómodo
y el cargado de crueldad), la estructura que permite el cambio de perspectiva y
de tiempos sin afectar la tersura narrativa, el entramado temático notablemente
resistente en su elasticidad y profundidad.
Blue Jasmine es una película de un nivel al que no se suponía
que Allen regresara luego de sus simpáticas excursiones turísticas por
Barcelona, París y Roma. A las objeciones de que el director hace demasiadas
películas, Allen responde este año que la práctica hace la perfección.

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