Llegó al país cuando el país no era. Era un jesuita vasco, tozudo, empedernido, incapaz de decirle no a una misión o de dejarla sin cumplir. Además de sacerdote fue teólogo, filósofo, cartógrafo, caminante y aventurero; creía, cómo no, que los indios de nuestras tierras debían ser evangelizados. A eso vino. Y a convertirse en el jesuita que mejor conoció este país que todavía no se llamaba Argentina.
Una de las principales calles de Mar de las
Pampas lo honra y lo recuerda: la calle hace lo mismo que hizo el cura, unir
pueblos. Padre Cardiel nace en Virazón y llega hasta la Avenida Almirante
Brown, donde el camino se abre hacia Las Gaviotas y hacia Mar Azul. Es una de
las más transitadas, lo que haría las delicias del jesuita, cobija el andar del
ómnibus 504, de la empresa que evoca al último querandí y es por Padre Cardiel
por donde los autos se animan a levantar la velocidad.
El cura nació en marzo de 1704 en la Guardia, ciudad que
compone las provincias Vascongadas, en España. Llegó a Buenos Aires cuando tenía
apenas veinticinco años y recorrió medio virreinato, desde Guairá, al norte de
Asunción del Paraguay, hasta las reducciones del sur bonaerense. En 1731 era
párroco de las misiones jesuíticas guaraníes. En 1743, sus superiores, le
encargaron reforzar la presencia religiosa en las flamantes misiones de
Abipones y Mocovíes de Santa Fe y Chaco. Y allí fue el cura, sobre un gran
carretón con techo de lona, caballos, bueyes y alimentos para unos cuantos meses
y, a modo de adelanto del mundo virtual del siglo XXI, un altar portátil que contuviera ruegos,
confesiones y anhelos de las almas por salvar.
En 1745 debió hacer un viaje a los mares del
sur, junto a otros religiosos: orden del Rey. La misión era reconocer la costa
atlántica del sur de la provincia de Buenos Aires. Así fue como el padre
Cardiel, que era caminante, se hizo marinero. Se embarcó en la fragata San
Antonio, junto a ochenta hombres y navegaron, no muy alejados de la costa,
hasta la Bahía San
Julián. Los maltrató el tiempo y la falta de alimentos. Sin embargo, la
aventura deparó grandes adelantos cartográficos y los primeros datos relevantes
sobre la fauna y la flora de la zona.
El cura Cardiel descubrió un mundo nuevo, lejos
de la tierra colorada de las misiones del norte. De modo que hizo varias
incursiones terrestres, basta de aventuras marineras, a las llamadas misiones Pampas, para
abastecerlas de víveres y para trazar y
reconocer caminos. Llegó hasta Río de los Sauces, en Río Negro.
En 1768, los jesuitas, que también cargaban con
su cruz, fueron expulsados de estas tierras. Cardiel llegó a Cádiz en la fragata
“El Diamante”. Después viajó a Faenza, en el norte de Italia, donde fue consultor,
escritor y cartógrafo. No sabemos si sus ojos sentían nostalgias de estas
tierras que hoy lo recuerdan. Lo golpeó el reuma y una vida de caminante eterno
por países desmesurados, sin nombre y sin caminos. En una de sus últimas cartas
lanzó un presagio sin quejarse: “Mucho he tardado en terminar esta carta. El
escribir, el leer y el estudiar, me fatigan grandemente aunque no tanto como el
tener que hacer cosas materiales. Ya estoy en los ochenta y un años, o más bien
en los ochenta y dos. Ya se avecina el día de mi desaparición, ya he recorrido
el camino de la vida, ya he peleado la batalla de este mundo”.
El padre Cardiel murió en Faenza, en 1782.

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