Rogelio Yrurtia
Tenía esa rara virtud de los artistas, la de
tallar la vida a golpes de imaginación. Él decía: “Los escultores tienen los
ojos en los dedos”. Las obras de Rogelio Yrurtia, son un fiel reflejo de ese
pensamiento. El imponente “Canto al trabajo”, que se alza frente a la Facultad de Ingeniería de
Buenos Aires, en la avenida Paseo Colón, transmite una fuerza y una belleza
sobrecogedoras. Esa piedra arrastrada a fuerza y sudor, es el trabajo. Quien
trabajó, lo sabe.
Rogelio Yrurtia nació en Buenos Aires el 6 de diciembre
de 1879, cuando Dostoievsky publicaba “Los hermanos Karamazov” y José Hernández
la segunda parte de su “Martín Fierro”. Y si algo hubo de seguro en la vida de
este hijo de inmigrantes españoles, es que nunca imaginó que Mar de las Pampas
honraría su nombre con una calle de una
sola vez, corta y sin salida, que de algún modo encierra el misterio de sus
esculturas: la besa el mar y la cantan olas y pájaros.
A los 19 años, Rogelio ingresó en la Escuela de la Sociedad Estímulo
de Bellas Artes: fue un paso decisivo porque allí encontró a un maestro, Lucio
Correa Morales, y a una mujer, la hija del maestro su futuro suegro. Poco
después ganó por concurso la primera beca de perfeccionamiento en Europa.
Francia le abrió el alma y la cabeza, y los ojos que Rogelio tenía en los
dedos. Asistió a la Academia Julian
y perfeccionó estilo e ideas con el escultor Félix Coutan. Ni bien entrado el
siglo XX, cuando Auguste Rodin presidía la Sociedad Nacional
de Artistas Franceses, Rogelio presentó allí varias obras. Entre ellas un
torso, que es una de sus piezas más reconocidas y que ganaría el “Gran Premio
de Honor” en la Exposición Universal
de Saint Louis, Estados Unidos.
En 1903 se presentó en el mismo Salón de París
con el grupo “Las pecadoras”, de la que el crítico Camille Mauclair dijo “Es
escultura a lo grande: el modelado, la disposición de las figuras… Yrurtia es
un artista de gran estilo. Un pensador, un conmovido y un muy impresionante escultor”.
En 1911 y por “Serenidad”, una cabeza, ganó el Gran premio de Honor en la Exposición de arte de
Barcelona. El Círculo de Bellas Artes (1925) y el Salón Municipal de Rosario (1937),
le dieron su Medalla de oro. Lo que hizo Rogelio fue hacer lo que hacen los
artistas: volcarse al mundo. Sus obras están hoy en museos de Moscú, Barcelona
y Río de Janeiro y en La Plata, Rosario
y en el Museo Municipal Eduardo Sívori
de la Capital. Su arte anda también por las calles, además del Canto al
Trabajo, en el Hospital de Clínicas de la Avenida Córdoba está su monumento al
doctor Alejandro Castro; en la plaza de Viamonte y Suipacha está su monumento
al desdichado coronel Manuel Dorrego; “Serenidad”, el cenotafio destinado al
presidente Bernardino Rivadavia, se alza en la Plaza Miserere; el grupo “Combate de box” en la
plaza del museo Yrurtia; la estatua “Justicia” se alza en el cementerio de
Vicente López y, una réplica en bronce, en el Palacio de Justicia de Buenos
Aires.
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| "Canto al trabajo" |
A más de cuatrocientos kilómetros de la
callecita de Mar de las Pampas, en O’Higgings 2390, en el porteño barrio de
Belgrano está la casona-museo donde
vivió junto a su mujer, Lía, que era pintora. Allí están atesoradas las obras
de ambos y las de sus amigos Pablo Picasso y de Benito Quinquela Martín.
Rogelio Yrurtia murió en su Buenos Aires natal
el 4 de marzo de 1950.