Cada elemento de la imagen importa para exponer el
recorrido por ese mundo modesto, pequeño y provinciano lleno de signos que
hablan de un pasado más feliz y de un lento y prolongado deterioro: es el mismo
en Billings, Montana -donde residen los protagonistas- en Hawthorn o en
Lincoln, Nebraska, adonde los llevará una quimérica expedición. Componen la
familia de un viejito malhumorado y un poco senil que, engañado por un equívoco
folleto publicitario, cree haber ganado un premio millonario en dólares y está
empeñado en ir a retirarlo a 1500
km de su casa para poder comprarse una nueva camioneta y
recuperar el compresor que hace siglos prestó y nunca le devolvieron. Todo un
dolor de cabeza para su mujer y para su hijo menor, que a cada rato debe ir a
rescatarlo de algún camino al que se lanzó, a pie, en busca de su objetivo. No
hay muchas soluciones. Es el encierro en un asilo, como proponen la dueña de
casa y el hijo mayor, o acompañarlo a que cumpla su fantasía, que es lo que el
menor -quizá deseoso de estar más cerca del hombre al que tan poco conoce-
decide hacer: en el fondo, se trata solamente de ayudarlo a que tenga un motivo
para ponerse en marcha, un motivo para vivir, como lo era el parque infantil
para el inolvidable protagonista del film de Kurosawa.
Pero Nebraska no es sólo el retrato del lazo que
se tiende entre esos dos viajeros tan reservados y parcos en palabras. Un
regreso al lugar donde creció la familia y el encuentro con parientes y amigos
que se muestran muy sensibles al perfume del dinero (todos ven a Woody como
inminente millonario) extienden el horizonte del film y enriquecen su panorama
humano y su delicada y contenida emoción. La nostalgia asoma, y también a veces
la tristeza, casi siempre entre pinceladas poéticas (como la visita a la
desvencijada casa donde creció la familia), pero también hay muchos momentos
decididamente graciosos.
En esos aspectos, ha sido un hallazgo la elección
de los actores. Si Bruce Dern resulta irreemplazable como Woody (hay que verle
los ojos mientras su cabeza se llena de recuerdos de tiempos vividos en cada
uno de los cuartos del antiguo hogar), no menos destacable es el difícil papel
de Will Forte, el hijo cuya sensibilidad no necesita de manifestación exterior.
En cuanto a June Squibb (candidata al Oscar al igual que Payne, Dern, el
guionista Nelson, el fotógrafo Papamichael y el film entero), es, con su
desenfado y su vivacidad, el motor de la familia y también, en muchos casos,
del propio relato.
Habría sido penoso que Buenos Aires se quedara
-como se temió en algún momento- sin conocer esta obra tan entrañable como
valiosa.
Por Fernando López para La Nación


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