El encuentro entre las jóvenes Adèle y Emma da inicio a una historia de pasión de esas que ponen en juego razón, arrebato, cuerpo, hormonas, desencuentros y, a la larga, una infinita desolación. Y la actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa.
Ganadora de
Adèle se enamora de
Emma (Léa Seydoux) en el instante mismo en que se cruzan por la calle. Adèle no
es gay (Emma sí, desde el propio despertar sexual) e incluso acaba de
levantarse, aun en su timidez, al compañerito que más le gusta. Pero desde que
ve a Emma, es como si su vida entera fuera succionada por esta chica de cabello
azul. Los héroes y heroínas trágicos no suelen registrar los datos que
advierten del error de sus elecciones, y podría tomarse como tal el hecho de
que ese día Emma vaya abrazada a una chica. Pero, ¿quién a quien alguien le
guste mucho renuncia a él por el simple hecho de que esté en pareja?
Lo que sí está claro
desde un primer momento es que, de modo clásico, Adèle ama y Emma, que tiene el
look y los modales del Brando de los ’50, se deja amar. Siempre y cuando por
“dejarse amar” se entienda hacerlo con ferocidad: el cronista no recuerda
cuándo fue la última vez (si es que alguna vez hubo una) que vio en cine
escenas de sexo tan intensas y desesperadas, tan creíbles y transpiradas, tan
absolutas como las de La vida de Adèle. Tan necesarias: no hay otra forma de
transmitir el fuego que consume a las dos muchachas, que tirar la cámara a él.
Pero es verdad que es Adèle la que busca en boliches gay a la chica que la
deslumbró, la que fuerza el primer beso, la que sufre cuando percibe los
primeros síntomas de descomposición, la que se deshace por dentro, la que
intenta recuperar un amor que ya no está.
La cámara la sigue
todo el tiempo, con la misma obsesividad con que ella persigue a su objeto
amoroso. La actuación de Adèle Exarchopoulos es simplemente fabulosa: véase
cómo pasa del hermetismo al desborde emocional, de la pasividad a la fiereza
(cuando las compañeras de colegio la “acusan” de tortillera), de la melancolía
que la cerca a dejarse llevar por la sensualidad de un baile (gran escena), de
la locura amorosa a la pasividad otra vez (la fiesta en el jardín, otra gran
escena), o cómo hace coexistir máscara social y corazón partido, en la
extraordinaria escena del baile africano. Cuando la implacable Emma la echa de
casa, rompe desconsoladoramente en llanto, como una nena. “Antígona es una
niña”, había remarcado la profesora de Literatura al comienzo de la película,
cargado de referencias literarias. “Presten atención al carácter de
predestinación que tiene el flechazo de la protagonista en Vida de Marianne, de
Marivaux”, indica otro profesor. Más tarde vendrán, de la mano de Emma (¿Emma,
como Bovary?), Sartre, el existencialismo y la idea del compromiso.
Esas referencias, que
puntúan de modo demasiado evidente lo que va a venir, son lo más flojo de La
vida de Adèle, que desde el propio título busca el parentesco con Marivaux.
Pero la de Kechiche es una de esas obras que, de tan grandes, arrollan sus
propias debilidades gracias al torrente narrativo, emocional y subtextual que
desencadenan. Para poner sólo un par de ejemplos de la rica alusividad de esos
subtextos, se aconseja prestar atención al tema de las diferencias de clase y
formación (motivo clásico de toda tragedia amorosa) y la manera en que la
pareja de Adèle y Emma va clonando, de modo inconsciente, los roles masculino y
femenino, en su acepción más tradicional. Dos puntas a seguir, en medio de un
archipiélago de sentidos en el que se recomienda, fervientemente, perderse.
Por Horacio Bernades/ Página 12


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