Por
Juan Mendoza
En los 60,
cuando apareció, se transformó muy rápidamente en un clásico. Por su formato,
por su vanguardismo, por la forma en que mezclaba el surrealismo francés de los
años 20 con el realismo mágico del boom latinoamericano.
Para los lectores argentinos en
particular, la novela traía algo de la vanguardia de Macedonio Fernández. Por
las aspiraciones poéticas del libro, también traía algo de Oliverio Girondo.
Venía a bordo de las velocidades de su tiempo, a bordo del rock, el pop, las
revueltas políticas y la revolución sexual.
Pero cómo no recordar aquel
texto de David Viñas que apareció en 1969 y en el que se cuestionaba la
influencia que Cortázar estaba teniendo en una nueva generación de escritores
de entonces: Manuel Puig, Ricardo Piglia, Germán García. En los 70, aclamada
por una nueva generación de jóvenes, leerla se volvió una forma de ser más
joven todavía. Así como los capítulos de la novela podían reordenarse según los
caprichos del lector, del mismo modo, la novela era también una forma de
imaginar otro orden del mundo.
Pero ya se encontraban
definitivamente divididas las aguas respecto de las formas de leerla: mientras
algunos la reivindicaban por su vitalismo, su lenguaje coloquial y el mensaje
social del escritor en sus entrevistas, había quienes en cambio reivindicaban
la novela por el mundo cultural y artístico que evocaba, por su
experimentalismo y su vanguardia.
En los años 80, ya
definitivamente considerada un monumento literario, se transformó en la novela
de un autor referente ineludible de la izquierda internacional. Cuando ese
autor de fama exorbitante en el que se había transformado Cortázar regresó al
país luego de treinta años de vivir en el exilio, el recientemente electo
presidente de la Democracia, Raúl Alfonsín, no lo quiso recibir. Ya para
entonces Rayuela se había transformado en la novela argentina del boom
latinoamericano y en un clásico de repercusión universal. Los 80 eran también
los años en los que se apagaría la vida del creador de la historia de La Maga y
Horacio.
Durante los 90, cuando a los de
mi generación nos tocó leerla, Rayuela estaba en todas las bibliotecas
en formación, aquellas que no tenían más de veinte libros. En todas había un
ejemplar con la historia duplicada entre calles de París y Buenos Aires. De
entre nuestros primeros libros, Rayuela era probablemente uno de los
pocos destinados a sobrevivir, el primer ladrillo de una nueva forma de leer.
Porque Rayuela también
era eso: un libro con una biblioteca adentro. Leerla era también una forma de
descubrir que por debajo de la historia de La Maga y Oliveira vagando por
París, se asomaba una historia más sórdida: la de un triángulo escéptico
formado por Horacio, Talita y Traveler en un circo de Buenos Aires primero y en
un manicomio después.
Era una de nuestras primeras
educaciones sentimentales para reivindicar la locura. Y era una forma de no
llevarnos tan mal con nuestras pobrezas, una forma de pelearnos con la
indigencia cultural en la que el menemismo nos hundía. Recuerdo que cuando la
empecé a leer bajé corriendo a comprar un disco de jazz para escucharlo
mientras la seguía leyendo. Para mí era la puerta de entrada a los años 50, una
época que venía con su propia música. Pero si el jazz era la música de fondo de
Rayuela, la estructura moral de la novela era la del tango de los años
40. Era el tango de los años 40 y “Buenos Aires Hora Cero” de Piazzolla todo
junto, como en una coctelera: por las palabras del lunfardo, por la forma de
relacionarse entre sus personajes, por la ruptura de las formas y la nostalgia
frente al tiempo que pasa.
Leída en los 2000, Rayuela
es un gran hipertexto de papel, lleno de referencias e imágenes adjuntas,
sonidos y notas musicales, con links que reenvían de una zona a otra del libro.
No sería extraño tropezar con una edición en la web: una versión de la novela
con ruidos, fotos, dibujos con líneas rotas, collages y canciones.
Hoy, a cincuenta años de su
primera edición, y a pesar de su reconocimiento internacional, su potencia
sigue siendo la de una novela compleja. Celebrada en congresos internacionales
de literatura, todavía es desdeñada por ciertas zonas de la crítica académica
argentina.
Pero para muchos Rayuela
trae consigo una visión del mundo y una teoría de la literatura que incorpora la
reivindicación de géneros literarios menores, la prueba de que los
experimentos literarios y los juegos de las vanguardias son también cosas que
pueden cautivar a muchos lectores.
Para otros, a pesar de que la
novela ponía el acento en el protagonismo del lector, apelando a que fuera él
quien reorganizara el texto, también traía un “Tablero de dirección” un “manual
del usuario” puesto al comienzo, una forma de subestimar al lector al que
supuestamente se quería jerarquizar.
Y ni hablar de aquella
distinción desafortunada, la que separaba a “Lector Macho” de “Lector Hembra” y
de la que después Cortázar pretendió desdecirse.
Para algunos escritores
contemporáneos Rayuela fue una novela revolucionaria que transformó a la
literatura. Por ejemplo Washington Cucurto –nacido en 1973, autor de La
máquina de hacer paraguayitos y Cosa de negros, entre otros–
confiesa que no hace mucho la leyó y le pareció un texto impresionante: “Toda
novela tiene su lenguaje, y el de Rayuela no envejeció.” Para autores y
críticos contemporáneos, sin embargo, es válido cuestionarse si la novela
envejeció: por su misoginia y su machismo, por las posturas del narrador frente
a las minorías sexuales, por la forma en que la figura de la mujer es
subestimada.
Pese a las críticas que se le
puedan hacer, Rayuela sigue estando en nuestras bibliotecas, con sus
armas secretas y cautivando a cada nueva generación.
En algún lugar de la literatura
La Maga y Horacio –sus protagonistas– se siguen encontrando para cazar
estrellas, sepultar paraguas o suicidarse arrojándose a los ríos metafísicos. Y
Talita y Oliveira siguen con insomnio jugando a la rayuela en el patio húmedo
de un manicomio.
Rayuela se sigue encontrando con nuevos
lectores. Lectores exigentes, como la escritora Mariana Enríquez (1973, autora
de Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente): “ Rayuela
es una novela de su época –ese narrador es tan contemporáneo de sí mismo que es
difícil aplicarle objeciones de este milenio –. Talita es un personaje que me
encanta. Hay párrafos de esa novela de una belleza y una técnica pasmosas. Creo
que, en general, a Cortázar se le pega demasiado”.
Artículo publicado en el diario Clarín

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