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17.3.14

Silvia Bodega: "Hay que seguir lo que indica el corazón".



Buscaban una casa por las calles de la ciudad de La Plata, donde vivían, criaban a sus tres hijos y trabajaban. Pero encontraron un refugio varios kilómetros más al sur. En Mar de las Pampas y a dos cuadras del mar. Era el año’96 y Silvia Bodega, junto a su marido, decidieron conocer un poco más allá de Villa Gesell y llegaron al bosque de la aldea. Se dejaron llevar por los caminos de arena y en una de sus callecitas vieron que una casa de ladrillo a la vista y techo de tejas estaba a la venta. ¿Y por qué no? se preguntaron casi a coro este matrimonio de docentes: ella maestra, él profesor de Letras. Llamaron al teléfono que figuraba en el cartel y comprobaron que cumplir el sueño era posible.
“Nos encantó- recuerda Silvia- Hablamos con el dueño y así nos enteramos de que, si bien por fuera la casa parecía terminada, no era tan así. Le faltaba revoque, piso, instalaciones. Era accesible, estaba a nuestro alcance, pero teníamos dudas. Y me acuerdo que un día estábamos escuchando a Gaetano Veloso y dijimos: ‘Vamos a meterle con esto’. Y compramos la casa”.

-         ¿Cómo fue el cambio?
-         La idea original era alquilar un departamento en La Plata y venir acá todo lo que pudiésemos. Pero en el verano de 2000-2001 nos decidimos y armamos todo para mudarnos. Me anoté en el Consejo Escolar de Villa Gesell, mi marido renunció a su puesto en la Legislatura y empezó a trabajar con mi cuñado, que es veterinario, y en un local de venta de alimentos. Nos vinimos con dos de mis hijos Manuela y Pedro, porque Mariana, que es la mayor y en ese entonces tenía 16 años, quiso quedarse en la ciudad con su abuela.

Silvia, en el living de su casa, rodeada de libros, guitarra, salamandra y canasta con piñas del bosque.

-         No habrá sido fácil…
-         No. El primer año fue un poco duro y sobre todo el frío del invierno. A la casa la habíamos terminado  como para venir de vacaciones, no estaba bien calefaccionada y le faltaban cosas. Si ahora, a cuando llueve, las calles son complicadas, antes lo eran mucho más. Y yo tenía que ir hasta la Escuela 6 en el barrio “La Carmencita” de Gesell. Iba con un autito viejo, pero llegaba igual. Siempre me cargaban porque iba a como diera lugar, mientras otros profesores, cuando llovía, llamaban y decían: 'Hoy no se puede ir´. Ahora trabajo en la escuela de Mar Azul.

-         ¿Se encara distinta la enseñanza ante un grado con chicos de un centro urbano y otros que viven a cuadras el mar?
-         El contenido y el diseño curricular es el mismo. Pero los chicos acá son más tranquilos. Hay una canchita de fútbol y los varones juegan divinamente. No hay  nunca un problema. El año pasado tuve sexto grado y cuando terminamos el año fuimos al Faro Querandí y, a la vuelta, nos quedamos en el camping “Casablanca”, donde vive uno de los alumnos con sus papás y sus hermanitos. Fue una experiencia muy linda y sobre todo ver a ese chico que vive en absoluta relación con la naturaleza: junta ramas, piñas, escucha el mar. Vivir acá tiene eso, pero no tiene lo otro que también está bueno: el cine, el teatro. Si bien acá hay una movida cultural con talleres de arte, hace falta  una movida cultural-social podría decirse.

Una maestra apasionada por lo que hace. En una de sus bibliotecas: libros, recuerdos y fotos.

-         ¿Los chicos disfrutan de tener el mar a tan cerca?
-         En “La Carmencita”,  que es un barrio de gente de trabajo, a la vuelta de las vacaciones preguntás: ‘¿Fueron a la playa este verano?’ y es bastante habitual que te contesten: ‘Fuimos dos veces con mis tíos’. Porque, claro, los padres trabajan en temporada y este barrio está a veintidós cuadras del mar, no es tan cerca para que un chico vaya solo.

-         ¿Es bueno el ida y vuelta con los papás?
-         Nunca tuve problemas. Además, antes que con los padres, siempre trato de conversar con los chicos. Como en todos lados hay papás que están siempre y otros más ausentes. Y por lo general, si hay un chico con problemas, es más difícil llegar a los papás. Por algo tiene problemas. Pero esos casos son los menos. Siempre hay alguien que te acompaña si hay una excursión o para hacer las hamburguesas en el campamento. Y para hacer la remera de egresados vinieron unos papás que hacen serigrafía e hicieron unas estampas divinas. También es interesante una jornada que hacen un domingo cada tanto para mantener la escuela y se arreglan rejas, carpintería o lo que sea.

"Antes que con los padres, siempre trato de conversar con los chicos".

-         Termina la temporada, se va la gente, ¿cómo es la relación entre los  que quedan?
-         Y hay tardes que decís ‘¿Pero no cae nadie de visita?´ Antes de venir uno tiene la fantasía que en un lugar así y con otros tiempos, la gente se ve seguido. Y la verdad, no nos visitamos mucho. Me veo más con la gente que viene por unos días a su casa que con los que viven permanentes. Y es gente macanuda, pero... no sé. Será que todos los que vinimos acá llegamos para estar solos o alejarnos de algo. Pero no lo sé. Me lo pregunto muchas veces. Quizá tenga que ver que todos vinimos de grandes, con vidas hechas y por algo te venís acá.

-         ¿En el futuro, te ves acá?
-         Estoy muy bien, me encanta tener una casa a dos cuadras del mar, ir a caminar por la playa cuando tengo ganas. A veces, cuando voy camino a la escuela digo: ”Pero mirá por dónde estoy caminando!” Pero pienso que mi vejez no la voy a pasar acá.

-         ¿Y dónde?
-         En La Plata. Me fui quejándome de la ciudad y cada vez que vuelvo la veo linda, con montones de cosas por hacer y están los amigos de toda la vida. Mis hijas mayores están ya instaladas allá y cuando tenga nietos quiero estar cerca de ellos.

"Tenemos que pensar cómo parar la invasión del espacio público por parte de los privados"


-         ¿Cómo ves a Mar de las Pampas?
-         La invasión del espacio público es preocupante. Si uno pone un pelotero, el otro va y pone un pelotero con luces de colores. Hay una competencia de ofrecimientos desmedida. ¿Qué van a terminar ofreciendo: la zambullida personalizada? Mucha gente ve el espacio público como negación de lo privado. Piensan: es público pero no quiere decir que es de todos, sino que todavía ningún privado se avivó. Te dicen amamos el bosque, pero no les importa nada. A esta gente le interesa de dónde pueden sacar ventaja económica y el verso es: la gente quiere servicios. Hay mucho caretaje. Tenemos que pensar cómo pararlos.

Silvia junto a Fainá, su fiel perro de trece años que descansa sobre la pinocha.

-         ¿Qué le dirías a alguien que sueña con vivir en Mar de las Pampas?
-         Primero, que si alguien cree que a vivir acá será como la familia Ingalls, se equivoca. Si bien hay una naturaleza más salvaje, acá ya hay electricidad, Internet, celulares. Y creo que es importante buscar la vuelta de vivir donde a uno le gusta. Más allá de lo que los números y la economía indican como más favorable, hay que hacer lo que el corazón te dice porque, si es así, no hay arrepentimiento posible.


Fotos: María Angélica Pérez

20.2.14

Elga Botto: "Cambié el reloj por el tiempo"

 

 Un cuadro con pinceladas de azul griego, paredes de ladrillo a la vista, el sol que asoma por los amplios ventanales, un té con gusto a otoño y una mujer que dice: “Cambié el reloj por el tiempo”.

Elga Botto, mamá de cuatro hijos, abuela de Santino, Genaro, Benicio y Felipe, pintora, grabadora y poeta, vive junto a su marido en Mar de las Pampas. Un lugar en el que fue quedándose de a poco, casi sin darse cuenta y al que ya no podría dejar. Pinta desde siempre, en Castelar tuvo su taller, alumnos, muestras, exposiciones y viajes. Pero hoy elije el bosque y pintar la aldea.
Este año abrió, su taller marpampeano “El sol, lugar de arte”, donde expone su mirada sobre la vida, los sentimientos y, por supuesto, el bosque y  el mar. 




La luz, esa magia inexplicable que aparece a través de su manejo del color, es el común denominador en todos sus cuadros y grabados. Tanto los que recorrieron parte del mundo en exposiciones y muestras en Grecia, España, Chile y en múltiples salas de Buenos Aires, como los que se despliegan en las paredes de su casa- taller, rodeado de pinos, eucaliptos y flores.

Elga frente a su atelier de Mar de las Pampas: "Jamás pensé que iba a vivir aquí. Y hoy no podría vivir en otro lado".


-Nosotros veraneábamos mucho en Villa Gesell y unos amigos nos dijeron que, más al sur, habían abierto  las calles de un  nuevo lugar en la costa. Era el año 83. Vinimos y no había nada. Nos quedamos a pasar el día, a los chicos les encantó. Era todo bosque y el mar estaba lleno de caracoles. Yo decía: “Qué lindo para comprar un terreno” y me marido agregaba: “Pero no hay nada…” Vinimos un par de veces más, después dejamos de veranear en la villa. Pasó el tiempo y por un compañero de mi marido nos enteramos que estaban loteando y que los terrenos eran muy baratos.

-¿Y ahí sí, compraron el lote?

-Nos tocó la varita mágica. Compramos un terreno para nosotros  y dijimos hagamos una cabaña y otra para alquilar. Y como estaban muy baratos compramos más terrenos. Los ahorros de toda la vida, los pusimos acá y justo llegó “el corralito” del 2001. Fue casi milagroso. 

-¿Cuándo decidieron vivir acá?

-Fue paulatino. Jamás pensé que iba a vivir acá. Es más, hace seis años, cuando hicimos esta casa, amigos de Castelar que fue nuestro barrio de toda la vida, me preguntaron: “¿No te dan ganas de quedarte a vivir en Mar de las Pampas?’ Y yo les decía que no. “A Castelar no lo entrego, tengo mis alumnos, mi vida”. Y ahora no podría vivir en otro lugar que no fuera este. No fue fácil desprenderse de la casa de toda la vida, pero la pusimos en venta y se vendió a los seis meses. De alguna manera, todo nos empujaba a que nos viniéramos. Y ahora estoy feliz.

"Acá empecé a trabajar mucho con el verde y el amarillo. Y, cuando volví de Grecia, me enamoré del azul".

-¿El lugar influye a la hora de ponerte a pintar, a crear?

-Al principio, cuando nos instalamos, no podía pintar. Tenía mi taller armadito y como diría Serrat: no bajaban las musas. Pero si Pablo Picasso decía que la inspiración me encuentre laburando, bueno tengo que ponerme a trabajar. Pero no fue fácil. A veces, la naturaleza te come, es tanta naturaleza que entraba por las ventanas que no podía hacer una introspección. Ahora ya la incorporé. Al principio hacía cosas chiquitas con acuarela, pero no podía sentarme delante de una tela. Después empecé como aflojar.

-¿Cuál  es el color que te identifica con Mar de las Pampas?

-Acá empecé a trabajar mucho con el verde y el amarillo. Mucho amarillo, supongo que por el sol. Y el verde era un color que usaba muy poco, pero ahora lo utilizo en entramados. Lo incorporé. En un momento, con el tema del mar, no paré de pintar peces. Y cuando volví de un viaje a Grecia, me enamoré del azul.

-¿Qué busca la gente que llega a tu taller?

-Viene a buscar obra, no es el turista que viene a ver qué pasa. Eso es muy gratificante. Mi taller no está en el centro comercial, no está de paso, hay que venir especialmente. Y por suerte la gente recibió muy bien lo que hago. El año pasado empecé a hacer objetos en cerámica y gustaron mucho. Siempre investigo, leo y hago cosas nuevas.

"Para mí, lo importante es la mirada del otro. Yo hago una mitad. La otra mitad, la hace el otro".

-¿Extrañás la movida cultural de Buenos  Aires, con exposiciones, muestras?

-¡¿Sabés que no?! Porque corté pensando que me iba a seguir moviendo. Durante años le puse mucha garra, iba con mi carpeta a los centros culturales, a museos y galerías. Trabajé con una galería de arte y no me gustó, me sentía rarísima. Porque yo vendo, regalo o dono una obra, pero quiero saber a quién. Y con la galería eso no pasaba. Además, quería llevar mis cuadros a lugares en los que no era tan importante la venta sino que fuesen vistos, que con ellos pase algo. Lo importante, para mí, es la mirada del otro, porque yo hago una mitad y la otra mitad la hace el otro.

-¿ Y qué pasa con la mirada del otro?

-Me pasó algo loquísimo, impresionante. Para cuando empezaron los festivales de cine en Mar del Plata, el Museo Castagnino abre un concurso y tenías que presentar algo relacionado con el cine. Hice una obra que consistía en un mismo grabado dos veces, con una cara muy desdibujada, muy rota. Los colores eran marrón, amarillo muy claro, casi blanco, rojo y el negro del grabado. Puse los grabados como si fueran dos fotogramas y el cuadro se llamaba “Que todos se olviden”. Estuvo expuesto y surgió la posibilidad de mandarlo a una muestra en Eslovenia. Y allí fue. Pero llega el 2001 y por distintos motivos no pueden mandar el cuadro de vuelta.

-¿Y que pasó?

"El año pasado empecé a trabajar objetos en cerámica. Siempre estoy en la búsqueda".
-Quedó en la casa de la persona que nos había invitado. Un día, me llama y me pregunta si era posible sacar una foto de la obra para una revista que trataría los muertos de la represión, cuando Eslovenia pasó a formar parte de Yugoslavia en la Segunda Guerra. Le digo que si y dono la obra a una organización humanitaria. Finalmente me llega la revista traducida. Está la foto de mi obra, y el texto decía más o menos, de acuerdo a la mirada de ellos,  que la cara deshecha representaba el dolor, el marrón la tierra, el rojo la sangre y el amarillo clarito era el alma que iba a estar en todos los eslovenos, “aunque todos se olviden”. Lo cuento y todavía me emociona.

-Lo pintaste para una muestra de cine …

-Sí, y mirá lo que puso el otro, lo que le llega y sintió. Es muy emocionante. Por eso cuando digo que yo sólo hago la mitad, es muy cierto.

-Decís que dejaste el reloj por el tiempo…

-Es así. Hay días en los que no sé si es domingo o miércoles. Tengo menos exposición que antes, pero no lo sufrí. Estuve en el candelero y de a poco aprendí a bajar un poco el ego. La riqueza, ahora, pasa por otro lado. Ahora estoy haciendo una obra más sentida, más zen, más para adentro. Fue un cambio gradual, bajarme un poco de la locura y andar por otros caminos. Esto no significa que mañana, o en un año, se me ocurra volver al ritmo que tenía antes, pero no es lo que me llena en este momento. Me siento mejor con las pequeñas cosas.

(Fotos: Alberto Amato)


 Los colores de Elga


"Ángel del Sol" (Óleo)

"A las 12 en la azotea" (Óleo)

"Deussa" (Grabado)


"Niña de las lunas" (Grabado)


"Soñar el cielo" (Grabado)


6.2.14

Liliana Chernicoff: "Vivir en el bosque es maravilloso"




Vive rodeada de pinos, esculturas, cipreses, cerámicas, acacias, resinas, ginkos y cuadros. Su casa-taller “Lavanda”, en Mar Azul, no pasa inadvertida en el medio del bosque. Es más, invita a conocerla. Allí vive Liliana Chernicoff, mamá, abuela, artista plástica y una de las entusiastas organizadoras del “Encuentro de las artes, Mar de las Pampas,  Mar Azul, Las Gaviotas” y de "El camino de las artes".

“Conocí este lugar de casualidad en el 94 -recuerda Liliana- Nosotros jamás veraneábamos en la costa. Estábamos por viajar al sur a comprarnos un terreno porque nuestra zona preferida era la de los lagos, pero al final se complicaron los días y no pudimos ir. Entonces un amigo nos presta una casa en Villa Gesell y nos dice: ‘Vayan por allá, que creo les va a gustar”. Y vinimos a ese "allá” a dar una vuelta, de pronto vemos una casa de vidrio enclavada en el bosque y nos enamoramos. Nos daba el presupuesto y ya… Fue un flash. Algo mágico. ¿Sabés lo que era ver una casa de vidrio rodeada de pinos  y nada más?. Después nos enteramos que fue construida por el arquitecto Roberto Busteros.



-         ¿Vinieron a vivir enseguida?

-         Diría que son dos etapas. Durante diez años íbamos y veníamos, cada vez con más frecuencia. Y nos quedábamos más días. Vivíamos en Avellaneda, trabajaba como docente de arte en la Casa de la Cultura y en Imepa (Instituto Municipal de educación por el arte). Y también en mi taller. En 2001  un amigo, Floreal, que se iba a Francia me ofreció su casita para que empezara a mostrar algunas de las cosas que hacía. Me entusiasmé muchísimo, me gustó la idea. Como frente a su casa había una planta de lavanda enorme, la bauticé “Lavanda”. Pero unos días antes de que abriera, la casita se vende. Algo quería hacer. Entonces, ese verano, abrí el taller en el comedor de mi casa. Para mi sorpresa funcionó muy bien, sobre todo porque no era un lugar al que llegabas fácilmente. La verdad es que la gente casi llegaba con una guía de turismo.

-         ¿Y cuándo dijeron: “Nos instalamos”?

-         Crisis mediante del 2001, mi marido, bioquímico, dirigía un hospital que cada minuto estaba peor.  Durante el verano decidimos venir y probar. Pedí una licencia sin goce de sueldo. Probamos y ya no quisimos volver. De modo que no fue un cambio abrupto, fue gradual,  ya conocíamos gente y de a poco nos fuimos arraigando. Fue un hermoso proceso.



-         ¿Cómo es vivir en el bosque?

-         Es maravilloso. En lo personal, tengo una casa soleada, calefaccionada, que hace que el invierno también sea lindo .En esa estación ‘te metés para adentro’, trabajás, estás con tu gente. Es como tocar el cielo con las manos, es bárbaro. Tenemos dos cabañas y dos loft que alquilamos, y trabajo en lo que me gusta.

-         ¿Cómo es un día tuyo en invierno?

-         Soy muy trabajadora en mi taller, desde que me levanto. Soy metódica porque la escultura es muy ardua: es difícil que puedas empezar algo, dejar y seguirlo a la semana siguiente. Cuando estás con una obra grande necesitás una metodología de trabajo constante. Me levanto, trabajo, almuerzo, sigo trabajando, veo pelis, leo, me acuesto y me vuelvo a levantar muy temprano. Me gusta cuidar mis plantas y mi huerta. Y así se pasan los días. Además, todos las mañanas, a las siete y media, camino hasta el mar,  voy por la orilla, hago las reverencias pertinentes. Ahora me gusta mucho el mar y caminar sola. Antes me atraía más el bosque.

-         ¿Extrañás algo de la ciudad?

-         No, creo que no. Mejor dicho: no. Cada tanto voy, hago un tour por las muestras que me interesan y ya está. Sí, me gusta viajar, conocer nuevos lugares, otras culturas. En eso gasto lo que tengo y lo que no tengo. Me gusta que los viajes sean una mezcla de cultura y de naturaleza. El año pasado fui invitada a una muestra en Lille, Francia y de ahí fui a Marruecos. Es todo muy movilizador. A partir de un viaje a México empecé a incorporar una coloración diferente. Usaba tonos tierras, más apagados y ahora estalló todo.



-         ¿Con qué materiales trabajás?

-         Me gusta modelar el cemento. que ningún modelo sea igual a otro. Hago series, como por ejemplo“Aparecidos”, que está en el jardín de casa. Y como todos los artistas, tengo algunos temas reiterativos: el mío tiene que ver con el equilibrio, el equilibrio como concepto de vida. Empecé a buscar algunos materiales que no pesaran, para jugar con ese concepto, y así llegué al poliuretano expandido, que me permite hacer figuras muy livianas y que se mueven todo el tiempo. También hago cosas utilitarias en cerámica y usé resina poliéster, que es un material muy interesante, pero tóxico. Fue un desafío que me planteé en un momento pero ya está. Sé que lo puedo hacer y di vuelta la página.

-         Entre tus creaciones hay muchos cuerpos…

-         Empecé  a estudiar, simultáneamente  Bellas Artes y el profesorado de Expresión Corporal en el Collegium Musicum, eso explica que haya tantos cuerpos en las figuras que hago. Me salen naturalmente. Para no crear un cuerpo, tengo que hacer un gran esfuerzo.



-         ¿Alguno de la familia sigue tus pasos?

-         Mi hijo Pablo es ceramista, mi hija Anahí se inclinó por la medicina. Y de mis nietos Martina( 11) y Santiago (5), es a mi nieta a la que gusta mucho la actividad artística, pinta acrílico, hace cerámica y desde hace dos años participa en el “Encuentro de las Artes”. El más chico es un atorrante ( sonrisa de oreja a oreja).

-         ¿Qué le dirías a alguien que sueña con venir a vivir acá?

-         A todos les digo lo mismo: ‘Alquiláte una casa durante el invierno y probá, fijate qué te pasa’. Porque somos todos diferentes y cada uno disfruta de distintas cosas. A mi, por ejemplo, me encanta el invierno y lo paso muy bien. Pero no es lo más común.




-         En el futuro ¿te ves en este lugar?

-         Sí, me veo acá.  Lo que no puedo ver es cómo es el futuro del lugar. Si se va a detener este crecimiento alocado o no. En lo personal se que tengo mi mundito, pero no se qué va a pasar alrededor. También pienso que no me gustaría vivir en una ciudad, me costaría. Pero, aquí y ahora me veo atornillada en este bosque y cerca del mar.

Algunas de sus creaciones






Fotos: María Angélica Pérez


17.12.13

Mónica García: la mujer que entiende a los árboles



Conoce el nombre y las particularidades de todas las plantas y árboles de Mar de las Pampas y de Villa Gesell. Está convencida de que las plantas nos escuchan, que reaccionan a la luz y a la música, que pelean entre ellas, o se buscan, o se aman: viven. Y Mónica García está desde hace años enamorada de esa vida.
Cuando camina el bosque, no soporta pasar junto a una botella de plástico, o a cualquier otro desecho que arrojan los desaprensivos, y no levantarla. Hace lo que otros sólo proclaman: cuida ese espacio verde y único que nos rodea. Recuerda con especial cariño uno de los libros de Gabriel García Márquez. "El  amor en los tiempos del cólera" y se emociona cuando escucha la inconfundible voz de María Callas.
Desde hace más de quince años, Mónica es una de esas vecinas que ama esta aldea, que la conoce, la cuida y la protege. Es mamá de Laura, “una hija del campo” y de Valentino, “un hijo del bosque” y abuela orgullosa de dos nietos: Caterina y Benjamín. 
No cambia por ninguna otra la casa de troncos que su marido, Alfredo, construyó con sus propias manos. Es guía del Museo Histórico y Pinar del Norte de Villa Gesell y del Sendero Botánico de Mar de las Pampas.
Habitualmente en temporada, y en días a consultar fuera de temporada, organiza, encara, dirige y regala un paseo especial, cálido y erudito sobre la flora salvaje y curiosa de nuestra aldea. Es un paseo imperdible que enseña a ver lo que a menudo sólo miramos.

¿Cómo llegaste a Mar de las Pampas?


-Antes de venir a vivir a Villa Gesell, vivimos casi diez años en el campo, en la zona de Pilar, entre 1984 y 1994, cuando todavía era campo. Allí, junto a Alfredo, mi marido, criamos a Laura, nuestra primera hija. Y allí nació mi hijo Valentino. Y fue en ese momento que nos plateamos la posibilidad de mudarnos. Yo trabajaba en el parque industrial de Pilar como secretaria del administrador, y  quería tener más tiempo para mi familia. Y además, por esa época se estaba por instalar un basural a cielo abierto, un gran negociado, a metros de casa, donde teníamos un agua excepcional, un tanque australiano en el que nos bañábamos. Comenzó una movilización vecinal y si bien salimos triunfantes, nos desgastó mucho y sentimos que había llegado el final de una etapa.

Mónica García: "Por un lado el bosque, por el otro lado, la playa: es lo más fascinante que tenemos".

-¿Y porque decidieron que era el mar?

-El planteo fue: si no es el campo es el mar. Alfredo hizo un curso de timonel, compramos un bote semi rígido -que todavía tenemos- y pusimos en venta el campo, que se vendió muy rápido. No sabíamos dónde instalarnos, pero como conocíamos Villa Gesell, pensamos que podía ser un lugar posible. Alfredo vino a hacer un estudio de mercado para ver casas, escuelas, posibilidades de trabajo. Y en uno de esos viajes conoció Mar de las Pampas. No había absolutamente nada y le encantó. Sólo estaba “la matera” que estaba instalada en el antiguo vivero.

-¿Qué era la matera”?

-Era un lugar muy lindo, muy cálido, era una casa de mate. Te reunías, te ofrecían mate, plantines, artesanías; charlabas con los otros habitantes y los que estaban al frente eran Pablo y Gabriela. Era un lugar de encuentro, inolvidable.

-¿De alguna manera quemaron las naves?

-Sí. Alfredo es escritor y recuerdo que dijo: “Voy a escribir durante todo el año y, en verano, voy a pescar en el bote, traemos el pescado y lo comemos fresco…” Y esa idea me fascinó. Lo que más me gustaba era tener tiempo y una casa.

-¿Dónde se instalaron?

-Primero alquilamos una casa en Villa Gesell, en el Barrio Norte.  Vinimos el 21 de junio del 94. ¡Con un frío!, pero yo estaba chocha. Llovía y no se inundaba la casa, como pasaba con la anterior. Valentino tenía nueve meses y estábamos contentos, con proyectos. La alquilábamos, con la idea de comprar una en el futuro. Pero en ese momento no teníamos idea de que íbamos a terminar en Mar de las Pampas. Vivimos un año y, en ese ínterin, hice un curso para ser guía de museo. Era un curso de historia cultural y natural de la región. Lo tomé con tanta pasión y entusiasmo que tuve la suerte de quedar seleccionada en el primer plantel de guías que tuvo el Museo Histórico y Pinar del Norte. A los tres meses ya tenía trabajo.

"Teníamos un autoplan que no podíamos pagar. Y lo cambiamos por un lote aquí: así nos instalamos".

-¿O sea, que Mar de las Pampas todavía no estaba en los planes?

-En realidad lo que teníamos era un autoplan, que no podíamos seguir pagando. A través de una inmobiliaria pudimos cambiar ese autoplan por un lote acá. ¡No se puede creer! Y así compramos el lote y mi marido, con sus propias manos, hizo nuestra casa. Y todavía no está terminada (risas)

-Casi una película…

-Es una cabaña con troncos y cortezas de pino. Preciosa, divina y a la que amo profundísimamente. Nos mudamos en diciembre del 96 y desde ese momento, empecé a tener mi propio jardín, mis propias plantas. El bosque era nuestro. Siempre digo que Laura es la hija del campo y Valentino es el hijo del bosque. Me acuerdo que era chiquito y colgaba de los árboles, unos cartelitos que decían: "Cuide los árboles". Él se crió y creció en Mar de las Pampas.

-Hablas de plantas, de árboles ¿cuándo empezaste a ser la guía del Sendero Botánico de la aldea?

-Cuando en el 2000 se formó la Sociedad de Fomento, fui una de las promotoras de su creación, propuse hacer un sendero y todos estuvieron de acuerdo. El primer trazado incluía el vivero histórico, que todavía estaba en pie. Cuando lo tiraron, tuvimos que cambiar el recorrido. Pero no me costó mucho diseñarlo porque, sobre la calle Carlos Gesell, había muchísimas especies sembradas por el viento:  era la calle, emblemática, por la que se transportaban todos los plantines hacia su lugar definitivo. De manera que sólo tuvimos que señalizarlas y todos los vecinos colaboraron. A los tres meses ya estaban colocados todos los cartelitos. Inauguramos el sendero el 14 de febrero de 2004.

"Mi trabajo es crear conciencia para que cuidemos el bosque. Allí donde la gente ve un yuyo, hay una flor autóctona".

-¿Cómo ves ahora a Mar de las Pampas?

-Y... Todo cambió. Y cuanta más gente hay, más cuesta la vida diaria. Son muchas mentalidades, muchos proyectos diferentes. Pero más allá de eso, la veo linda, para mi sigue siendo el lugar en el mundo. No la cambiaría por nada. Igual que a mi casa, no la dejaría ni por la más linda, me gusta la mía, es mi refugio. No te puedo explicar la sensación que tengo cuando después de un día de trabajo, vuelvo a mi casa.

-¿Qué cosas hay que mejorar?

-El comercio ha crecido de manera muy caótica. Habría que hacer una planificación de este lugar turístico para que sea sustentable. Porque se trata de conservar las características que hacen que la gente elija este lugar. Como esto es macro, es bastante difícil; yo diría que el granito de arena que pueda aportar cada uno, es tomar conciencia de los privilegios que tenemos acá, que no son los del dinero. Este es un lugar privilegiado por esta naturaleza e historia que tiene. Mi granito de arena consiste en hacer que estas visitas al sendero botánico creen conciencia. Cuanto más conocés el lugar, más lo querés cuidar y más lo amás.

-Durante la temporada la limpieza y la acumulación de basura fue un problema 

¿Cómo crees que se puede solucionar?

-Creo firmemente que en la medida que la población estable de el ejemplo al turista, éste lo va a imitar y se va a comportar de la misma manera. Si nosotros somos los primeros en tener los cestos rotos, sucios o la basura tirada, la gente que viene por unos días hará lo mismo.

"Tendríamos que hacer una planificación para que Mar de las Pampas sea sustentable y que la gente nos siga eligiendo"

-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere instalarse en la aldea?

-Lo primero que hay que tener es decisión. Sacarse los miedos y tener confianza en las propias fuerzas y en los propios proyectos. Por supuesto que hay gente que, por su trabajo y su formación, tiene más posibilidades y así corrés con ventaja. Pero lo más importante son las ganas de vivir en un lugar como este. Una pregunta que me hace todo el mundo: “¿Cómo son los inviernos? Son horrorosos, ¿no?" No, son maravillosos, les contesto; tenemos un colchón de árboles único, calles sinuosas que hacen que el frío se sienta menos, por ejemplo, que en Villa Gesell. Sugiero que  si realmente tienen muchas ganas de instalarse, lo hagan: se puede. Siempre y cuando uno esté bien con uno mismo. Si te gusta el silencio, la soledad, la lección de la naturaleza, recorrer la playa en otoño, y... bueno, entonces te va a ir bien.


Fotos: Alberto Amato




19.11.13

Valle: el pan de cada día


En el origen de todo está el pan. Es casi bíblico. En sus orígenes, Mar de las Pampas tuvo su pan iniciático. Lo elaboraban a pulmón dos geselinos, nietos de pioneros italianos que, en la década del 40, habían llegado a Villa Gesell.

Los dos geselinos del pan inicial, Carina Carlini y Marcelo Desante, estuvieron ligados desde la infancia, harina y agua, en los primeros juegos y fiestas de cumpleaños; en las Navidades y el jardín de infantes; en la escuela y los deberes. Crecieron juntos, amigos para siempre: harina y agua.

Hoy Carina y Marcelo, además de amigos de infancia, tanto que se llaman primos, son socios y dueños de Valle, la única panadería de Mar de las Pampas, que está abierta todo el año, cuando el sol entibia las olas de enero y cuando, en junio, el viento helado sacude las hojas.

Valle está en la entrada del centro comercial de la aldea, en el Paseo Serendipity. Tiene varias marcas registradas: boxes de madera, las tortas tentadoras, las facturas tibias y el pan. Siempre el pan. Al costado de la entrada, hay dos bebederos siempre con agua fresca: para las mascotas de los visitantes y para los perros sueltos de la aldea, que contagian locura.

-¿Dónde y cómo empezó la panadería Valle?

-En Villa Gesell. Marcelo tenía una pizzería y no le había ido muy bien –recuerda Carina- y yo estaba trabajando en el supermercado de mi familia que también se llama Valle, en honor a mi abuela paterna. En una de las visitas que Marce me hizo al negocio, empezamos a proyectar hacer algo juntos. Y se nos ocurrió la idea de la panadería. No teníamos ni idea, pero nos gustó a los dos y se lo propusimos a mi papá para abrirla en el supermercado familiar. Papá se enganchó enseguida. Esto fue entre el 97 y el 98: Y así empezamos con la venta de panes y facturas. Después agregamos  la pastelería.

-¿Y cómo fue la experiencia?

-Fue espectacular- dice Marcelo con una sonrisa- Pensá que empezamos nosotros dos haciendo scones y unas prepizzas que a veces salían buenísimas y otras durísimas. Era todo prueba y error. ¡Y lo que tardábamos! Pero mejoramos de a poco y muy bien. Pasaron no sé cuántos años y siempre estamos como jugando.
Marcelo y Carina, los dueños del pan: "Abrimos en diciembre de 2002. Pero nadie nos encontraba. Estábamos perdidos"
-Las tardes que hacíamos los scones, eran  muy lindas -agrega Carina- teníamos mucho entusiasmo, éramos tan inconscientes. Y creo que porque éramos inconscientes nos largamos: de otra manera no lo hubiésemos hecho. Cuando sos joven no tenés nada que perder.

-¿Cuándo decidieron  poner un pié en Mar de las Pampas?

-En el 2002 me caso –dice Carina- y uno de los regalos era un fin de semana en Mar de las Pampas. Hacía como cinco años que no venía y, cuando la vi, me encantó. Volví a Gesell y le comenté a Marcelo que teníamos que instalar una panadería. Pero no había ni locales. Después nos comentaron que iban a abrir tres locales. Finalmente abrimos en diciembre del 2002, pero nadie nos encontraba, estábamos muy escondidos

-De ahí nos pasamos al paseo “Los Rosales”- agrega Marcelo- y ahí, ya la misma gente nos pedía que pusiéramos unas mesitas para que se pudieran sentar a, charlar. Cabañeros, arquitectos y turistas, todo el mundo quería que ése fuera un lugar de encuentro. Finalmente abrimos la cafetería y en el 2007 nos pasamos al paseo Serendipity. Y nos vino genial. Cuando vinimos para acá era medio oscuro, no nos veían muy bien. Además el centro estaba más sobre Santa María, no como ahora, que está sobre El Lucero. Pero de a poco abrieron calles, más locales  y ahora estamos en la entrada. Unimos dos locales y lo último que agregamos fue el sector vidriado.


"Vi Mar de las Pampas después de algunos años y le dije a Marcelo que teníamos que abrir una panadería aquí"

-¿Aún con el crecimiento de la aldea, Valle, es la única panadería?

-Sí, es la que está abierta todo el año -cuenta Marcelo-. Hay otra panadería que únicamente vende pan casero y medialunas, pero sólo durante la temporada y algunos fines de semana. Nosotros, cuando terminó la primera temporada, dijimos: "Cerramos  o abrimos todo el año". Nos decidimos por la segunda opción. Fue muy bueno porque la gente nos incorporó; sabe que estamos abiertos todos los días, incluso en invierno entre las 8 de la mañana a las 9 de la noche. Para los lugareños también es importante, porque los arquitectos, los jardineros se encuentran con sus clientes. Es casi una oficina para ellos.

-¿O sea que, todos los veraneantes de Mar de las Pampas, desayunan con las medialunas y el pan de ustedes?

-No todos, pero muchos sí, porque los complejos fueron de nuestros primeros y principales clientes -dice Marcelo- Cubrimos una necesidad real, porque hasta entonces el pan venía de Gesell en camioneta. Después, nosotros incorporamos el reparto, que también es esencial. 


"La gente sabe que estamos abiertos todos los días del año. Y, para ellos somos como una oficina"

¿Cómo se abrieron de la panadería a la venta de comidas?

-Nos pasó, más o menos, como con la cafetería -explica Carina- La gente lo pide y te lleva a tomar el rumbo. La gente estaba un poco cansada de los tostados, las empanadas y las pizzas. Quería comer otras cosas y ahora tienen para elegir entre carnes, pescados, pastas, minutas, ensaladas, mariscos. 

-Y a la noche -agrega Marcelo- trabajamos muy bien. Creo que debe ser uno de los lugares más económicos para comer. Es fundamental que haya una coherencia entre la carta, los precios y el lugar. Y no improvisamos, hoy tenemos una cocina con muchísima tecnología, con capacidad para hacer lo mejor.


"Nos encanta Mar de las Pampas y, aunque siga creciendo, tiene que mantener su esencia".


-¿Cómo ven a Mar de las Pampas?

-A mi me encanta -dice Carina- Se parece a la Gesell de nuestra infancia, con las calles de arena, el bosque. La veo hermosa, aunque ahora está más edificado, pero bueno: no se puede evitar el crecimiento y el progreso.

-¿Creen que seguirá creciendo tan rápido como hasta ahora?

-Va a seguir creciendo -comenta Marcelo- pero creo que este año ya tocó un techo. Entró en una meseta. De hecho hay demasiada oferta para la demanda. Antes, en octubre o noviembre, tenías la temporada vendida y al precio que querías.  Las Gaviotas y Mar Azul, también crecieron mucho y ofrecen buenos servicios. Hay que adaptarse y, sobre todo, mantener la esencia del lugar.

Fotos: Alberto Amato